AKASHA

Javier Couto

 

© 2016, Sportula, por la presente edición

© 2016, Javier Couto

Ilustración y diseño de portada: John Serrano

 

Primera edición, octubre, 2016

 

SPORTULA

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www.sportula.es

 

Este libro es para tu disfrute personal. Nada te impide volver a venderlo ni compartirlo con otras personas, por supuesto, y nada podemos hacer para evitarlo. Sin embargo, si el libro te ha gustado, crees que merece la pena y que el autor debe ser compensado recomiéndales a tus amigos que lo compren. Al fin y al cabo, no es que tenga un precio exageradamente alto, ¿verdad?

 


CONTENIDO

 

 

I EL LIBRO DE LA VIDA

II LA MEMORIA DE DIOS

 

Sobre el autor

 

Sportula


 

 

A Théo: tal vez un día conocerás un mundo así


 

 

El pasado no vale más que un sueño ajeno.

Juan Carlos Onetti


I

EL LIBRO DE LA VIDA


 

 

Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.

 

Libro de Apocalipsis 20:12-15


1

 

 

Ahora sólo necesitaban franquear la valla herrumbrosa que daba acceso al callejón y atreverse.

—En 1924 —dijo el muchacho rubio, comprobando que la valla cedía plañidera pero sin ofrecer resistencia.

—Impensable —bromeó Charly—, en el neolítico apenas gozaban de la alfarería y la harina. No es posible que fueran capaces de registrar la actividad del cerebro.

—Idiota —murmuró Marcel sonriendo—. Hans Berger. Un neurólogo alemán. Él inventó el electroencefalograma. Un genio. —El muchacho levantó la vista al cielo opalino y se dijo que hacia el fin de la mañana llovería—. Gracias a él existen. ¿Comprendes?

Los muchachos habían soportado las dos horas del único tranvía rápido que cruzaba la ciudad entera, uniendo el sector oriental —una colina de residencias resguardadas por setos de follaje denso, centinelas adiestrados y sistemas de máxima seguridad— con la zona del bajo, hacia el noroeste del núcleo urbano. En esa región apartada, los mataderos y curtiembres ocupaban un territorio que apenas treinta años atrás se conocía como el barrio chino pero ahora era el mayor foco infeccioso de la ciudad. Desde que les habían hablado de la tienda, Marcel y Charly habían fantaseado con la compra, planificándola en secreto durante semanas como si se tratase de una nueva experimentación biológica en la fosa de las Marianas o de otro tratamiento íntegro de salud sorteado entre gente sin recursos, procurando que nadie más lo supiese, en particular sus padres. Días de miedo y tentación, de curiosidad adolescente, de taquicardia, hasta ese sábado de mañana en que finalmente se habían decidido.

—Hans Berger. ¿Comprendes? —repitió Marcel; su hermano parecía absorto junto a la valla.

—Salve, Hans —se burló al fin Charly, haciendo un ademán vagamente ceremonioso mientras percibía las miradas recelosas de las personas del callejón y sentía que sus pensamientos le llegaban como el aullido de una jauría.

—Idiota. No les prestes atención. Bloquéalos. Es por allí. Cuando veamos una glorieta debemos tomar a la izquierda.

—Yo no me muevo. ¿Esto qué es exactamente, Marcel?

—El mercado chino.

—Chino —dudó el muchacho observando los rasgos de los vendedores que se extendían en una larga fila borrosa, flanqueando la gran empalizada—, yo no veo a ningún chino.

—Costumbres, Charly, costumbres.

En la metrópolis cosmopolita donde vivían —La ciudad de las mil caras, La gran aldea, La Babel moderna, muchos nombres se le daban a ese mecanismo donde, apiñados, respiraban como podían más de cuarenta millones de habitantes— sobraban tiendas de antigüedades en los barrios céntricos; principalmente en el casco antiguo, siempre ventoso y oliendo al salitre que llega flotando desde el puerto cercano, siempre saturado de turistas dispuestos a pagar cualquier precio por llevarse un recuerdo auténtico de la famosa ciudad occidental. La idea de una tienda de antigüedades en el barrio chino era absurda. Pero la novia de Marcel había afirmado que era una tienda atípica, y, aunque probablemente se tratase de uno de los tantos rumores que proliferaban por la ciudad, los muchachos no habían dejado de imaginar la posibilidad contraria.

—¿Estás seguro de adónde vamos? —Charly miraba en todas direcciones, pegado todavía a la valla, incapaz de avanzar—. Esto parece un tugurio.

Es un tugurio —repuso Marcel, bajando la voz—. Un tugurio a cielo abierto. Irina me ha dado todos los detalles. Son unos doscientos metros hasta ver una glorieta. Luego se abre una callejuela a la izquierda. No habrías venido, ¿verdad?

—Por supuesto que no. Esto es peor que un zoológico irradiado. Y a quién se le ocurre instalar un mercado en un callejón —protestó débilmente Charly.

—Aquí casi todo es robado o ilegal. La experiencia te fascinará. Vamos, es importante llegar a la tienda antes que los primeros clientes.

—¿Robado? —Sintiendo que su pulso se aceleraba, el muchacho se resolvió a seguir a su hermano.

El callejón —considerablemente ancho, desproporcionado como todo en el antiguo barrio chino, donde las dimensiones pertenecían a otro tiempo— daba acceso al mercado, que se extendía a través de un dédalo de callejuelas peatonales empedradas. Al franquear la valla de entrada se veía a la izquierda la sucesión de viviendas lindantes, mayormente casas de dos plantas con las paredes desconchadas y mohosas cubiertas de estarcidos, en las que a veces se percibía gente espiando desde los balcones. En las azoteas los gatos dormían indiferentes sobre los paneles solares fotovoltaicos y térmicos. A la derecha, alineados por un imponente muro salpicado por lo bajo de manchas de excremento, sangre y vómito, los vendedores tendían la tela de arpillera o nailon que separaba su mercancía de la negrura del empedrado. Las pocas farolas solares que flanqueaban el callejón habían sido vandalizadas, y pese a la hora matinal, el barullo de las transacciones ya cubría el mercado chino. «La supuesta primavera los ha excitado», pensó Marcel mientras estudiaba al gentío efervescente. «Los veintidós grados a esta hora… Pero lloverá». Comenzaron a caminar distraídamente bajo el sol tibio, evitando el contacto visual con los vendedores y las personas que trapicheaban mercancías robadas. Al bajar en la terminal del tranvía ya podía percibirse el aliento a amoníaco y azufre proveniente de los edificios industriales cercanos. Ahora la mezcla de olores de productos químicos y secreciones animales y humanas les resultaba difícilmente soportable.

—¡Este control por tu chaqueta, muchacho!

Charly dio un salto hacia atrás; la vendedora parecía haberse materializado de golpe a su derecha, sosteniendo el dispositivo en forma de casco como un crucifijo en alto.

—Tengo mi mnemo —replicó Charly, señalándose el pequeño casco imperceptible que llevaba en la cabeza—. ¿De qué me serviría un control?

—¡Tu chaqueta o esas botas magníficas! —insistió la vendedora, los ojos dilatados a punto de explotar por la conjuntivitis, las manos huesudas y temblorosas—. ¡Míralo! Biométrico, universal, última generación. Tu sí tienes coche. ¿Verdad, guapo? ¿Vamos a dar un paseo?

—Señora —bromeó Charly—, me ofrece tecnología de la Edad de Hierro.

—No queremos nada, gracias —repuso Marcel, tomando a su hermano del brazo.

—¿Y a qué han venido entonces? —de pronto el tono de la voz era hostil.

Ignorando a la vendedora, los muchachos continuaron caminando en dirección de la glorieta que Irina había mencionado. «Una glorieta como cualquier glorieta, Marcel. Y no, no tengo las coordenadas exactas», había dicho la muchacha, harta de tantas preguntas. Bicicletas y patinetes asistidos, ropa usada, animales de compañía reales, piezas de automóviles y electrodomésticos diversos, quincalla de gran variedad, cuadernos de papel antiguo y periódicos digitales adaptables al lector, biocarburantes a base de microalgas cultivadas ilegalmente, todo parecía estar a la venta en esa curiosa procesión ecléctica, llena de colores y ruido, y para asombro de los muchachos, en uno de los puestos un niño jugaba con cinco escorpiones emperador confinados en un gran terrario. Introduciendo unas finas varillas de bambú por el entramado superior, el niño se divertía excitando a cada uno de los escorpiones, buscando sin duda desencadenar una reacción agresiva ante la indiferencia azabache de los arácnidos.

—¡Eeeescorpiones! —gritaba de pie un hombre que parecía ser el padre—. ¡Escorpiones emperadooor! ¡Los más sabroooosos!

Marcel y Charly observaron los terrarios con un asco apenas disimulado. Contrarios a la tendencia mundial, sus padres se negaban a incorporar cualquier tipo de insecto a su régimen alimentario, afirmando que una familia como los Durand podía permitirse ese lujo. Cuatro puestos más adelante los muchachos vieron algo que les resultó francamente improbable.

—¿Es lo que pienso? —Charly había vuelto a detenerse.

—Increíble —susurró Marcel—. ¿Qué hace un escriba en un mercado callejero inmundo como éste?

—¿Un clandestino?

—Idiota, no hay escribas clandestinos —repuso Marcel, observando los suaves movimientos de la mano del escriba, que elaboraba un documento manuscrito para el hombre sentado frente a él.

—Una carta de amor. ¿Apuestas?

—Nunca apuesto a perdedor —dijo Marcel.

—De amor a tu Hans Berger, el rey del electroencefalograma.

—Eres realmente un idiota. La experiencia te fascinará. Sigamos, que van a llegar clientes.

—¿Aquella ruina es la glorieta que mencionó tu novia?

La ironía de Charly, de pronto animado tras la visión del escriba, era justificada. Con un poco de optimismo la glorieta era un montón de escombros en forma de megalito, salpicado por pequeños charcos rebosantes de una jalea parda y salobre. En torno a ella, como si oficiaran una ceremonia incongruente, se disponían varios grupos de sin techo rodeados de palomas. Descalzos, apenas cubiertos con ropas raídas y térreas, estaban desparramados como monstruosas pasas de uva sobre el empedrado.

—Esa es la callejuela —repuso Marcel, señalándola con la cabeza.

Los muchachos se dirigieron en diagonal hacia la esquina, alejándose lo más posible de la glorieta. Cuatro sin techo se amontonaban cerca de un fuego recién apagado. Las volutas de humo que se desprendían de las cenizas arrojaban un vapor acre, y la vaharada tibia, ahora que Marcel y Charly bajaban la cabeza evitando llamar la atención, les llegó como un golpe violento e inesperado. Charly alzó la vista y vio de reojo al único sin techo que permanecía consciente, con lo que parecía ser un enorme perro mestizo al lado; inquieto, sintió la llegada del pensamiento del hombre, algo palpable y molesto como la vibración de los moscardones carroñeros que zumbaban a pocos metros en torno a una osamenta, y aunque hizo todo lo posible por evitarlo, acabó por mirar al sin techo. La sonrisa desdentada, el brazo cubierto de llagas y cicatrices que se extendía endeble, la mirada de lechuza desnutrida. El muchacho decidió aceptar el pensamiento del hombre. «Lo que puedas darme, muchacho, me será más que suficiente» era el mensaje.

—¡Te dije que los bloquearas! —exclamó Marcel, comprendiendo de pronto.

«Lo siento, no tengo permitido dar limosna», respondió Charly avergonzado, advirtiendo que al perro le faltaba un ojo y por la cuenca perfectamente delineada asomaban cuatro o cinco cables de diferentes colores. Las largas orejas como de murciélago colgaban frágiles y tristes mientras le lamía metódicamente la mano al sin techo.

—¡Vamos! —insistió Marcel, tirándole del brazo—. Es aquella, tal como la describió Irina.

Vista desde fuera, la tienda no era más que un gran escaparate grasiento y lleno de polvo. Tras la persiana metálica a medio abrir apenas se distinguían los objetos expuestos. Ajenos al saludo automático e impersonal de la puerta de entrada, los muchachos ingresaron tímidamente al local. De techos profundos, con una superficie generosa donde se destacaban dos cariátides en mal estado y una hornacina alta en cada muro, todo indicaba que el local se había utilizado para exposiciones de arte. Sin duda durante los años en que el barrio chino había soñado convertirse en el nuevo gran imán de la ciudad, un refugio seductor para artistas y ejecutivos jóvenes, antes de que la diáspora, como una sola conciencia, comprendiese de golpe su situación y decidiera regresar a China, atraída por el crecimiento económico sostenido durante décadas, las variadas oportunidades laborales y la etiqueta Made in China como nuevo signo de calidad palmario y envidiable. Si a los más jóvenes no les convencía la fibra patriota, las políticas del gobierno chino para repatriar gente que paliara el gran problema del envejecimiento poblacional eran dignas de un pueblo que brinda al futuro sin escatimar. Sólo unos pocos habitantes chinos se quedaron en la ciudad, temerosos de que un nuevo accidente nuclear ocasionara más muerte y desolación, aunque los políticos chinos jurasen en voz alta que las nuevas generaciones de reactores eran infalibles. No es que hubiesen muchos lugares en el mundo libres del peligro nuclear, pero, a cambio de disminuir la contaminación ambiental, China parecía ser un campo minado. La zona del barrio chino, de por sí alejada del mar y con construcciones en decadencia, había terminado de caer en desgracia: los emigrantes vendían a cifras irrisorias sus viviendas, cuando no las abandonaban. Además de los empresarios que compraban al por mayor para instalar sus fábricas y depósitos, en pocas semanas el respetable barrio chino se había visto plagado de okupas y delincuentes, y en cuestión de meses ya se lo conocía como La zona de todos los tráficos, con áreas que la policía no cubría por la noche. Los restaurantes asiáticos tradicionales habían capitulado rápidamente, dejando lugar a pocilgas que se presentaban como bares, hoteles, prostíbulos, sex shops, que en realidad eran tapaderas para los negocios más arriesgados de la ciudad. Desde entonces la intervención del ejército para restablecer el orden era un motivo recurrente de debate parlamentario pero nadie parecía dispuesto a asumir el costo político.

A los muchachos los sobresaltó el aspecto del hombre que estaba a cargo del local. Erguido detrás del mostrador como un tótem tosco, del cráneo calvo y huesudo surgía una frente hidrocéfala.

«¡Mira ese bigote!», dijo mentalmente Charly a Marcel, haciendo un esfuerzo por mantener una expresión distendida mientras comenzaba a sentir el sudor en las manos.

«Obsoleto —respondió Marcel—. Peor que la lepidoteca del bisabuelo».

«Pero… ¿Es humano? Parece un asistente contrahecho».

«Un bípedo eucariota más», sentenció Marcel tras estudiarlo detenidamente.

«¿Y por qué no hay ningún asistente en el local?».

«¡Y yo qué sé, Charly! Déjame hablar a mí».

Igbson Júpiter murmuró un buenos días a los muchachos que acababan de entrar, los siguió lentamente con la mirada, sin sonreír, analizando cada torpe movimiento. Vestidos de esa manera, venían de la colina, estaba seguro. Apoyado en el mostrador de ese bazar electrónico donde se podían encontrar reliquias como impresoras 3D de primera generación, lentillas Google o tabletas digitales transparentes, el hombre, taza de café humeante a su izquierda, continuó leyendo un catálogo en papel antiguo publicado medio siglo atrás. Los muchachos recorrieron el amplio laberinto de anaqueles, confirmaron que no había nadie, se acercaron al mostrador. El encargado se quedó mirándolos como a dos asistentes descompuestos.

—¿Sí? —preguntó al fin.

—El pensamiento es el pensamiento del pensamiento —recitó Marcel.

—Curioso pensamiento —replicó Júpiter, analizándolos con recelo.

—Tan curioso como Aristóteles.

El encargado levantó el codo del mostrador y echó el cuerpo hacia atrás.

—¿Quién los envía?

—Kumiko, una amiga de mi novia. ¿Usted es Igbson Júpiter?

—¿Qué buscan?

Los muchachos se miraron un momento.

—Vinimos a comprar mnemos —dijo Marcel bajando la voz.

—¿El tuyo se ha roto? —Marcel hizo un esfuerzo por soportar la ironía—. ¿Te lo han robado? No trabajo para la Seguridad Social, muchacho. Ya sabes lo que hacer en caso de…

—No —interrumpió Marcel—, queremos mnemos pirateados.

—Por supuesto —Júpiter bebió un largo trago de café—. ¿Te interesan los mnemos del Semental Togolés y de Laura Baloons?

—¿Tiene mnemos de actores porno? —se excitó Charly, acercándose al mostrador.

—También puedo ofrecerte el mnemo de cantantes famosos, exploradores espaciales y ex presidentes.

—¿En serio? —Charly había abierto plenamente los ojos.

La risa de Igbson Júpiter reverberó en el local.

—No, cachorro, esto es una tienda de antigüedades del bajo. ¿O a tu mnemo no le funciona el rastreo geográfico? Este es un lugar decente. ¿Acaso has visto mnemos a la venta en el mercado chino? —Los miró fijamente—. No, ¿verdad? Sólo hay controles. Ni siquiera allí venden mnemos. Demasiado peligroso. Y ellos no tienen una tienda como yo. Si un policía lo suficientemente imbécil se atreve a asomar la nariz por las callejuelas, levantan el puesto de un tirón y salen corriendo.

—Pero Kumiko dijo que usted… —Marcel parecía contrariado.

—¿De dónde puede conocer tu novia a Kumiko?

—Un amigo común. En el club.

—¿Cuál club?

—El Albatros. Por la Playa Grande, cerca de los Minaretes de oro.

—Sé muy bien dónde queda el Albatros —interrumpió el encargado acariciándose el bigote—. ¿Por qué no te vas a pasear al mercado chino con tu amigo? Tal vez haya algo interesante.

—Vinimos a comprar mnemos —insistió Marcel.

Pausadamente, Júpiter vació la taza de café y con un gesto de la mano en dirección de la puerta de entrada cerró el local. Irguió la frente inmensa unos cuarenta centímetros por encima de los muchachos.

—Está claro que esto nunca sucedió, ¿verdad?

Los dos muchachos asintieron en silencio.

—Muy bien —dijo el encargado—, por aquí.

Con un gesto suave los invitó a pasar al otro lado del mostrador y seguirlo por un pasillo que se perdía en la parte trasera de la tienda. El hombre caminaba pesadamente, arrastrando los pies por momentos. Frente a una puerta blindada que parecía nueva alzó la mano derecha, mirando la puerta de frente hasta que se abrió. Siguiéndolo, los muchachos descendieron la escalera empinada que daba acceso al sótano, mientras los peldaños de madera crujían bajo sus pies y el frío aumentaba. El olor a humedad que se desprendía de las paredes no les resultó menos inmundo que el hedor del mercado chino.

—¿Qué sucede? —preguntó Júpiter.

—No, nada —mintió Charly, incómodo.

—¿Esperabas unas oficinas climatizadas?

Controlando los temblores de frío, los muchachos se frotaron las manos y permanecieron en silencio mientras el encargado los conducía hacia un imponente armario de metal empotrado.

—Muy bien —dijo Júpiter, abriéndolo—. ¿Alguna fantasía en particular?

Los muchachos contemplaron con codicia la inimaginable cantidad de mnemos que el encargado les señalaba. Estaban minuciosamente etiquetados, agrupados en categorías.

—El de un asesino —respondió Charly, luchando con la vergüenza.

—¿Tú? —preguntó Júpiter sonriendo—. ¿Estás seguro? Muy bien, veamos, tengo algunos de asesinos. ¿Un estrangulador te interesa? —Giró el rostro hacia Charly—. Lo ejecutaron hace tres semanas.

—Sería ideal —respondió Charly estirando las manos y mirándolas abrirse y cerrarse—. Tiene sus actos grabados, ¿no es cierto?

Esta vez la risa de Júpiter retumbó con más fuerza todavía a causa del sótano.

—¿Qué interés tendría el mnemo si no fuera el caso? —respondió meneando la cabeza enorme—. Ah, la gente de la colina, en qué mundo viven. Me pregunto de qué les sirve tener la mejor vista al mar de la ciudad. ¿También me vas a preguntar si los mnemos pirateados pueden conectarse entre sí para compartir sentidos? En fin, ¿para ti, cachorro? —Júpiter miró a Marcel, resentido por el comentario.

—El de una mujer que haya dado a luz. Quiero saber qué se siente.

—Lo lamento pero no tengo. Además eres un hombre, el recuerdo no sería… —dudó un momento—. En fin, puedo ofrecerte el de un paracaidista al que no se le abrió el paracaídas. Todavía me pregunto cómo pudo salvarse su mnemo.

—No —titubeó Marcel—. ¿Tiene algo exótico?

—Bueno, ayer me llegó uno de un monje tibetano. No lo he revisado todavía pero el vendedor me aseguró que tiene varias experiencias asombrosas grabadas.

—¡Lo llevo! —Marcel tamborileó en su muslo, triunfante.

—Perfecto. ¿Más fantasías?

—De momento es suficiente —respondió Charly; no le quitaba la mirada de encima al mnemo del estrangulador.

—Muy bien, cachorros. —Júpiter cerró con un gesto el armario—. Serán diez mil yuanes.

Los muchachos se miraron un instante.

«¡Es una estafa!», subvocalizó Charly.

«Te dije que sería caro», repuso Marcel.

«El nuevo coche de papá costó doce mil».

«Tampoco es que tengamos demasiadas opciones, Charly. Usaremos el dinero sobrante de las mesadas».

—Los llevamos —dijo Marcel.

—En efectivo —repuso el encargado, rechazando la orden mental de pago que le acababa de enviar Marcel.

—¿Efectivo? —Charly no comprendía el problema—. ¿A quién se le ocurre? No usamos efectivo.

—Si te interesan los mnemos sabrás encontrarlo.

—¿No tiene mnemos programados? —preguntó Charly—. Me han dicho que son más baratos.

—Los programados son mierda pura y tan ilegales como estos.

—No deberían ser ilegales —repuso Charly—. Ningún mnemo debería serlo.

—Mira, cachorro, si te llevas este mnemo de estrangulador, te hago descuento en algún artículo de filosofía barata. ¿Qué dices?

Los muchachos se quedaron en silencio, contemplando los dos mnemos que parecían miniaturas en la mano del encargado del local, sintiendo el frío que les helaba la ropa pegada al cuerpo por el sudor. El viaje había sido largo y peligroso, y lo que les parecía imposible estaba ahora frente a ellos, pero conseguir tanto dinero en efectivo sin levantar sospechas se les ocurría imposible.

—Bueno —dijo Marcel al fin—, vamos a pensarlo. Volveremos más tarde. Tal vez el lunes.

—Está bien —concedió Júpiter—. ¿Ya has utilizado un mnemo pirateado?

Marcel negó tímidamente.

—¿Pero alguien te ha explicado cómo es la experiencia? ¿Kumiko?

Los muchachos se quedaron en silencio, avergonzados.

—Muy bien —dijo Júpiter a Marcel—. Para que no pienses que lo que te propongo es una estafa y nunca vuelvas con el dinero, te dejaré hacer un intento con este mnemo. A tu amigo también, si quiere. No existe un pirateo que funcione al cien por ciento: el mapeado cerebral sólo es posible en teoría; es decir que el recuerdo de las sensaciones se revive de manera imperfecta. A veces los estímulos se parecen a un ruido de fondo, el cerebro no sabe cómo interpretarlos. Nunca será cómo el recuerdo grabado por el mnemo propio. ¿Entendido? Pero es una experiencia increíble, ya verás. Como de seguro te ha explicado Kumiko, para piratear estos mnemos necesito los originales.

Los muchachos se quitaron los dispositivos de la cabeza. Eran dos pequeños cascos, delgados y semitransparentes, que evocaban una tarántula rígida.

—Pero a los nuestros no les sucederá nada, ¿no? —se inquietó Marcel.

—Tranquilo —repuso Júpiter—. Al mnemo a piratear se le implanta la huella y el mapeo del mnemo de la persona que lo utilizará. El mnemo original sólo es leído. Lo que hay que entender es que al comprar un mnemo pirateado se tiene más de un mnemo con la huella cerebral propia.

Los muchachos alzaron los hombros, indiferentes.

—Es un delito. ¿Está claro? —insistió Júpiter.

—Todo el mundo lo hace —repuso Charly.

—No todo el mundo, muchacho. Y la gente también estafa, roba y asesina, y no por ello es legal. Decididamente, el artículo de filosofía barata será cortesía de la casa. ¿Queda claro el peligro?

Los muchachos se miraron entre sí y, tras un segundo, se encogieron de hombros.

—Por supuesto —respondió Marcel.

Se dirigieron los tres a una mesa cercana, ubicada contra una de las paredes del sótano, sobre la que una panoplia de material electrónico se extendía en un improbable desorden. A través de un pequeño puerto ubicado en la base de los mnemos, el encargado conectó el de Charly con el del estrangulador mediante un dispositivo plateado que los muchachos nunca habían visto. Tras unos segundos el dispositivo emitió un bip armónico y Júpiter realizó la misma operación con los otros dos mnemos. Maniobraba los objetos con sus manos enormes, levemente encorvado sobre la mesa, y era impresionante ver su frente: parecía como si de un momento a otro fuese a caer como una roca sobre la mesa a causa del peso.

—Perfecto —dijo Júpiter luego del segundo bip—. A probarlos.

Tras sentarse en las sillas que les indicaba Júpiter, cada uno de los muchachos se preparó a utilizar el dispositivo pirateado. Antes de colocárselo en la cabeza, Marcel alzó el mnemo pirateado del estrangulador con ambas manos. Después de ajustar los mnemos brevemente, los muchachos comenzaron a concentrarse para acceder al panel de control principal. Si el mnemo era reconocido como propio, sería signo de que la huella cerebral, un identificador único para cada persona calculado con técnicas de hashing biológico, se había implantado correctamente. El dispositivo les estimularía directamente la corteza visual del cerebro y los muchachos verían el panel como si fuese una imagen real superpuesta a lo que veían en ese momento. Luego podrían acceder a algún recuerdo etiquetado como evento importante, para revivirlo. Eso les bastaría para evaluar la calidad de la experiencia.

«Al fin sabré lo que es matar a alguien», pensó Charly, ansioso. Ambos hermanos cerraron los ojos, intentando sentir el dispositivo desconocido, y de pronto comenzaron a temblar con violencia en la silla, como dos espantapájaros azotados por un viento inclemente y rabioso. Desesperados, los muchachos intentaron quitarse el mnemo pirateado pero sus brazos, muertos sobre la mesa, no respondían a la orden cerebral. Nada parecía tener sentido. Acariciándose el bigote con calma, el tótem calvo los observó convulsionarse unos segundos más hasta que se desplomaron de pronto sobre la mesa como un ancla pesada y oscura. Tras comprobar el estado de los muchachos, Igbson Júpiter redactó mentalmente un mensaje y lo envió a su destinatario. Decía: «Tengo dos más. Ven cuanto antes a la tienda».