Agradecimientos

Me gustaría darle las gracias a Lauren Fortune por proponerme la idea para Soñar con la superficie, lo que me ha permitido cumplir el sueño que tenía desde hace mucho tiempo de reinterpretar esta historia desde una perspectiva feminista. Tu entusiasmo, ánimo y apoyo hicieron que el proceso de escribir y editar esta novela fuera todo un placer. Me ha encantado trabajar contigo.

También me gustaría darles las gracias a Genevieve Herr, David Levithan, Lorraine Keating, Róisín O’Shea, Eishar Brar, Andrew Biscomb y a todos los empleados de Scholastic por trabajar tan duro en este libro.

Gracias a mis maravillosos Padres, como siempre, y a mi hermana, Michelle.

Gracias a mi agente, Rachel Conway, y a Teresa Coyne por enviarme ensayos increíblemente útiles sobre mitología y cuentos de hadas de sirenas.

Gracias a mis amigos y familiares, que me demostraron una paciencia extraordinaria mientras escribía esta novela. Un agradecimiento especial para Grace O’Sullivan, a quien le robé su precioso nombre para mi sirena.

Bibliografía

Capítulo uno

—No estás lista, mi niña. Sé paciente. Ya llegará tu momento.

Llevo escuchándole decir eso a mi abuela desde que tengo memoria.

—Pero ¿cuándo estaré lista? —insistía yo—. ¿Cuándo, Abuela? ¿Cuándo, cuándo?

Y ella contestaba que me callara.

—Es por tu propio bien —decía—. Ya sabes lo que opina tu Padre del mundo de los humanos. Que no te oiga hablando así.

Nunca me han permitido hablar mucho. A mi Padre no le gustan las chicas curiosas, así que me mordí la lengua y esperé. Los días de mi infancia siguieron transcurriendo, disolviéndose como espuma de mar en la cresta de las olas. Los he ido contando, los días y las noches, las semanas, los meses, los años. He estado aguardando este día.

Y ahora, por fin, ha llegado. He cumplido quince años y se me permitirá salir a la superficie, ver por primera vez el mundo situado por encima de nosotros. Tal vez allí encuentre respuestas. Pues tengo muchas preguntas. Me las he tragado durante años, notando su sabor amargo en el fondo de la garganta.

—Feliz cumpleaños, querida Muirgen —me dice la abuela Thalassa mientras me coloca una corona de lirios en la cabeza.

Estoy sentada en un trono tallado en coral mientras miro mi reflejo en el espejo agrietado que tengo delante. Es una reliquia procedente de un barco que naufragó hace dos años. Las rusalcas subieron a la superficie para cantarles a los marineros y conducirlos a una tumba marina y para llenarles los pulmones de muerte. Las rusalcas cantan tan bien… Cantan para vengarse de todo el daño que les han infligido.

Mi habitación en el palacio está llena de este tipo de hallazgos, rastros de los humanos que descienden de su mundo al nuestro y que yo colecciono, pieza a pieza: un peine roto que utilizo para domar mi largo cabello pelirrojo; un anillo con piedras preciosas que mis hermanas codician y me piden que les preste, pero no lo haré; una estatua de alabastro blanco del rostro y el torso de un joven… Me pregunto quién es esa persona cuyo rostro ha sido tallado en mármol. Me pregunto si alguna vez observa el mar y considera qué ocultan sus profundidades, si se plantea qué podría hallar en sus entrañas si prestara atención. Me pregunto si sabe siquiera que existimos.

—Cuesta creer que ya tengas quince años —comenta mi abuela—. Recuerdo el día en que naciste con tanta claridad…

Todos en el reino recuerdan mi cumpleaños, pero no por mí. Mi abuela me engancha una perla en la cola después de perforar la carne con una concha afilada. Veo cómo la sangre brota y tiembla en el agua antes de diluirse. Las perlas son grandes y pesadas y debo usar seis por temor a que los otros sirenos olviden de algún modo que soy de la realeza y, por lo tanto, superior a ellos en todos los sentidos.

—Fue evidente que eras especial —añade mi abuela—. Incluso entonces.

Pero no lo bastante. No era lo bastante especial como para hacer que mi madre se quedara.

Mi abuela me arranca unas escamas y hace caso omiso de la exclamación de dolor que ahogo. A Thalassa del Mar Verde no le interesan ese tipo de quejas. «La belleza requiere sacrificios —me diría—. Siempre hay que pagar un precio.» Y me señalaría su propia cola, con doce perlas. Mi abuela no es de sangre real, por lo que se espera que esté agradecida por estos adornos que le concedió su yerno, el Rey del Mar, y aún más agradecida de que el privilegio no le fuera revocado cuando su hija… se comportó tan mal. La familia de mi abuela era de buena cuna, y muy respetada, pero mi madre fue su oportunidad de acceder al trono. Tal vez mi abuela no se dio cuenta del precio que tendría que pagar su hija. Tal vez no le importó.

Cuando mi abuela dice que soy «especial», en realidad quiere decir «hermosa». Esa es la única forma en la que una mujer puede ser especial en el reino. Y es cierto que soy hermosa. Todas las hijas del Rey del Mar lo son, cada princesa es más encantadora que la siguiente, pero yo soy la más bella de todas. Soy el diamante en la corona de mi Padre, y está decidido a usarme como tal. Exhibirá mi belleza y se atribuirá toda admiración resultante.

—Me llamo Gaia —repongo—. Ese es el nombre que me puso mi madre.

—No hablemos de tu madre. Muireann tenía muchas ideas que le habría sido mejor ignorar.

Me cuesta un poco respirar. «Muireann.» Casi nunca oímos mencionar el nombre de mi madre.

—Pero…

—Calla —dice ella, y mira por encima del hombro—. Nunca debería haberte dicho el nombre que eligió para ti.

Pero lo hizo. En mi quinto cumpleaños le supliqué que me contara algo, cualquier cosa sobre mi madre. «Te llamó Gaia» me dijo y, al oírlo, me sentí como si me descubriera a mí misma.

—Gaia no es un nombre del mar, mi niña —me dice ahora mi abuela.

—Pero era lo que quería mi madre, ¿no?

—Sí —suspira.

—Y mi Padre estuvo de acuerdo, ¿verdad? Aunque Gaia era un nombre de la tierra, no de nuestra raza.

—El Rey del Mar le tenía mucho cariño a Muireann en aquella época. Quería verla feliz.

Al principio, pensaron que la pasión de mi madre por el mundo de los humanos era algo inocente. Eso fue antes de que empezara a comportarse de forma extraña. Antes de que desapareciera durante horas y pusiera excusas cada vez más rebuscadas para explicar su ausencia al regresar. Antes de que se la llevaran.

—Y luego mi madre…

—Tu madre está muerta, Muirgen —me interrumpe mi abuela—. No hablemos más de ella.

Pero, a pesar de lo que me dicen, no sé si está muerta. Lo único que sé es que, cuando alguien desaparece el día de tu primer cumpleaños, toda tu vida se convierte en una pregunta, un rompecabezas que necesitas resolver. Así que miro hacia arriba. Me he pasado toda la vida mirando hacia arriba, pensando en ella.

—Todavía podría estar viva —alego.

—No lo está.

—Pero ¿cómo puedes estar tan segura, Abuela? Lo único que sabemos es que se la llevaron. Tal vez…

—Muirgen. —Su voz suena seria. La miro a los ojos, que son azules, como los míos. Todo es azul aquí abajo—. A una mujer no le conviene hacer demasiadas preguntas.

—Pero yo solo quiero…

—A una mujer tampoco le conviene querer demasiadas cosas. Intenta recordarlo.

Muireann del Mar Verde había querido demasiadas cosas. «Te pareces mucho a tu madre —me dice la gente mayor (aunque solo cuando mi Padre no los oye, pues él no permite que se hable de mi madre en la corte)—, el parecido es…» (¿Desconcertante? ¿Extraño? ¿Qué?) Pero nunca terminan las frases. «Es una lástima lo que le pasó—, dicen en cambio. Todos han aceptado que está muerta, aunque nunca pudiéramos enterrar su cadáver en la arena profunda. Creen que es una pena, pero ¿qué más podía esperar una mujer como mi madre? Tenía sus propias necesidades, sus propios deseos. Quería escapar, así que también miró hacia arriba. Y fue castigada por ello.

Mi abuela sujeta ahora la última perla mientras saca la lengua en un gesto de concentración. Mi cola debe tener un aspecto perfecto para el baile de esta noche. Mi Padre siempre está de un humor bastante exigente en esta fecha.

Aguardo hasta que mi abuela está absorta en su trabajo y, entonces, miro hacia arriba otra vez. Observo el mar oscuro, las olas agitadas, y me esfuerzo por ver la tenue luz que hay más allá. Ahí es adonde fue mi madre, allá arriba. Y ahí es adonde debo ir yo para encontrar las respuestas que necesito.

Mi abuela me tira de la cola, pero yo mantengo la cabeza echada hacia atrás y miro hacia la superficie. Pues ya tengo quince años y puedo hacer lo que me plazca.