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ESTHER BENDAHAN COHEN «Mi recuerdo más remoto está bañado de rojo», dice Elías Canetti en La lengua absuelta. El mío es un azul flotando sobre palabras. La palabra tiene tanta fuerza desde mi origen que me basta con nombrar algo para desencadenar todo tipo de emociones. Así, escribir cuentos, relatos, novelas se ha convertido en el modo de ordenar las imágenes, el miedo, las palabras y darles sentido.

El exilio, la conciencia temprana de la diferencia, la pertenencia a una familia sefardí y judía me dio la herramienta para ir golpeando palabras. Deshojando alcachofas, Premio Fnac, supuso la certeza de un inicio. Más tarde llegaron: Déjalo ya volveremos, donde contaba el exilio de una familia judía del norte de Marruecos, La Cara de marte, una novela de crecimiento y juventud premiada con el Tigre Juan, el Premio Torrente Ballester por Amor y ley y El Tratado del alma gemela.

Me alegra especialmente poder colaborar desde un espacio abierto del Ministerio de Exteriores español, el Centro Sefarad Israel, en iniciativas culturales que quieren fijar en nuestro país la diversidad.

¿Qué sabemos los españoles de Sefarad? Dice la autora de este ensayo, que en muchas ocasiones junto a las preguntas que se hacía en diferentes edades, sobre todo en épocas de crisis, como: «¿Quién soy?» además, ha debido responder a la de: «¿Quién eres?», o para ser más precisa: «¿Quiénes sois?». Sentía que en ese sois había exclusión y diferencia.

Durante mucho tiempo se sintió en la obligación, sin que nadie se lo pidiera, de responder. Y al hacerlo tenía que explicar el judaísmo y Sefarad como patrimonio de todos nosotros, aunque muchos lo ignoren. Al escribir este libro, Esther Bendahan ha pretendido traer al presente una forma de ser español, una nación de España sin territorio. Porque hoy, cuando tantas dudas suscita la idea de España, es bueno recordar.

Si te olvidara, Sefarad

COLECCIÓN DE ENSAYO

La Huerta Grande

Esther Bendahan Cohen

SI TE OLVIDARA, SEFARAD

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© De los texto: Esther Bendahan Cohen

Madrid, octubre 2020

EDITA:   La Huerta Grande Editorial

Serrano, 6. 28001 Madrid

www.lahuertagrande.com

Reservados todos los derechos de esta edición

ISBN: 978-8417118-72-3

Diseño cubierta: Editorial La Huerta Grande según idea original de Tresbien Comunicación

Producción del ebook: booqlab.com

ÍNDICE

SI TE OLVIDARA, SEFARAD

  1. Simultaneidad

  2. En busca de nobles antepasados

  3. El otro

  4. Nostalgia

  5. En respuesta: memoria/formación

  6. Volver

  7. Asquenazí y Sefardí

  8. Una noche en Belmonte

  9. La señora

10. Annette Cabelli

11. La salida no pertenece a nadie, el exilio de los judíos de los países árabes

12. Conversos

13. Y se aceptó en el Congreso la Ley de Nacionalidad

14. Herem

15. Antijudaísmo

Del Herem al retorno: España en el corazón de mi guitarra

Bibliografía

Genealogía Sefarad

Nota de la autora

Agradezco a Iacob Hassan, Palmar Álvarez, Daniela Flesler,

Adrián Pérez Melgosa, Philippine González-Camino,

y al grupo de trabajo Genealogías Sefarad

«Cuando pensamos en Europa, los judíos no pensamos en la Abadía de Westminster ni en la catedral de Estrasburgo ni en los tesoros artísticos de Florencia ni en las pinturas del Greco: pensamos en Auschwitz»

Mieczyslav Weinberg

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SIMULTANEIDAD

La Feria del Libro de Casablanca se sitúa en una explanada frente a la mezquita Hassan II cerca de la costa atlántica. Es bulliciosa y al llegar sorprenden cientos de niños entusiastas que entran y salen. Es el mes de febrero, hace una temperatura agradable y no mucha humedad. Me invitan a asistir una organización dependiente del rey de Marruecos CCME que establece relaciones con los marroquíes en el extranjero. Me invitan como escritora marroquí. La mesa consiste en un debate sobre escribir en otras lenguas. Propongo hablar de Sefarad, de la jaquetía, como un modo de hablar de España en Marruecos. La jaquetía, que es la lengua que hablaron mis antepasados en Tetuán. Un mestizaje entre el español del siglo XV, el árabe y el hebreo.

No es la primera vez que vengo a Marruecos, pero sí es reciente la vez que volví por primera vez tras el exilio familiar. Yo era una niña y quizá por eso quedó algo profundo, la ausencia marcada convirtiéndose en relato, indagación, literatura.

La sala donde se va a desarrollar la mesa redonda con otros escritores tiene dos plantas y está situado en el blanco pabellón central. Frente a él, algo más modesto, está el pabellón español; tiene también importancia porque este año España es el país invitado. La directora del Cervantes, María Jesús García González, y Olvido Valdés, entonces Directora General del libro, poeta que me encontré en un momento anterior de mi vida y quien me dio claves muy valiosas, están ocupadas atendiendo a varios periodistas. Hay entre ambos pabellones un vacío, un estrecho pasillo entre uno y otro. El pasado año fui invitada por España, este por Marruecos, y es en ese pasillo tan estrecho, como el que separa ambos continentes, donde me detengo por un instante y pienso que es allí donde debo comenzar este texto.

Mi editora y escritora Phil Camino es la traductora del libro de Pierre Assouline Retorno a Sefarad. De algún modo, por esos hechos que se producen a través de una llamada invisible estoy ligada a él y a ella. El nació en Casablanca, yo en Tetuán. Nos une ese sentimiento de arraigo a España, que en su caso es aún más sorprendente porque vive en Francia. Entre esos dos lugares de debate me pregunto entonces si existe ese sentimiento en mí, si es o no una ficción. ¿La identidad es algo más que un deseo, una propuesta? Así que, si ha llegado de repente este libro por escribir, que inicio a mi vuelta a partir de las notas que tomé en ese día, es quizá porque estaba pendiente desde el mismo día que llegué a Madrid, cuando comencé a hablar en un idioma que no era el mismo, pero casi. No del todo. Y en ese no del todo estaba el secreto.

Todo lo igual era muy diferente entonces y la toma de conciencia fue marcando nuestro tiempo.

Vulnerables, exiliados, privilegiados por heredar esa fluidez que nos permitía seguir y sobrevivir.

La inauguración era una de las primeras emociones que todos nosotros reconocíamos. Sentíamos que inaugurábamos un nuevo tiempo, amigos, familias que iban a Canadá, Venezuela, España. Como si fuéramos exploradores en nuevos mundos desconocidos, éramos los primeros que volvíamos, llegábamos, en realidad nos íbamos. A pesar de no creer que fuera definitivo, sabíamos que probablemente lo sería. Nos agarramos entonces a una conciencia del pasado protectora, necesaria para encontrar sentido, como si fuéramos los únicos.

El pabellón de España, al contrario que el de la CCME que tiene puertas de cristal, es cerrado. Así que cuando me dispongo a escuchar la conferencia, que tiene lugar al terminar la mía, me encuentro las puertas cerradas y no sé si ha comenzado o terminado, por lo que desisto y vuelvo a cruzar al otro lado. Me pregunto si tiene algún significado ese estar y no. ¿Cómo explicar estas pertenencias abiertas que en lugar de ser una son múltiples? Y ¿no es ese sentimiento de desarraigo en realidad un privilegio?

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EN BUSCA DE NOBLES ANTEPASADOS

En una reciente entrevista, Eduardo Mendoza comenta: «La idea de escribir unas memorias la descarté de entrada. Nadie me aburre tanto como yo mismo. En cambio, creo que he tenido la suerte de vivir una época y de ser testigo de unos fenómenos históricos y culturales interesantes». Aunque diría que la mayoría de los sefarditas que he conocido no se aburren demasiado hablando de sí mismos, sí creo que tienen la sensación de vivir un periodo interesante. Nuevo desde luego. Nunca como hoy ha habido un reconocimiento por parte de las autoridades españolas, tanto gubernamentales como culturales, de un fenómeno de exilio que de la mano de Muñoz Molina se ha convertido en metáfora de otras querencias y memorias.

Al escribir la cita, recuerdo que conocí a Eduardo Mendoza en un programa de televisión catalana sobre Albert Cohen a quien dediqué mi tesis. Fue una experiencia curiosa, me gustó su humor. Coincidimos en algunas ocasiones más, pero me queda de ese encuentro la sensación de principio. Yo iniciaba mi tesis, que tardé muchos años después en terminar, y carecía de contexto literario, de entorno. Así que apreciaba, como hoy, los encuentros con escritores, como si con ellos, todo lo demás desapareciese, y fuéramos ciudadanos del mismo territorio de la ficción. Aprecié por lo tanto cada gesto y palabras de ese día. Siempre me sentía ajena, alguien empujando a patadas para existir. Existir entonces era reconocer en la mirada del otro una afirmación del encuentro. Eso bastaba.

Volviendo a la cita, el ser testigo forma parte esencial de mi educación judía. Heredamos la conciencia de la importancia del testigo. La memoria es memoria en tanto que somos testigos, así el: yo Salí de Egipto, se convierte en una manera trasformadora e impulsora del ser. En ese sentido también creo que he participado como testigo de ese retorno del que habla Pierre Assouline. A veces parece una parodia, otras, algo profundo y esencial. Hay lugar para la reflexión y el conocimiento, no únicamente de lo particular, sino que permite una visión amplia que se adentra en Europa y en la cultura occidental.

Antes de continuar vuelvo a la palabra que da comienzo a mi memoria compartida. A mi llegada a España. Por ahora no sé bien cuándo tropecé con ella por primera vez, pero está allí, tres sílabas susurrantes: Sefarad. Sefarad es la traducción de España al hebreo. A muchos les sorprende que cuando dicen de dónde vienen en el aeropuerto de Tel Aviv descubran que vienen de Sefarad. Pero cuando yo digo soy de Sefarad no es lo mismo que cuando lo dice otro español nacido en Madrid, Málaga o Barcelona. Él dice soy español como otros dicen soy francés o italiano. Cuando lo decimos nosotros, decimos en una sola palabra, vivamos o no en España, que nos reconocemos como descendientes de los hispanohebreos que vivieron en España y fueron expulsados hace más de quinientos años. Y en su diáspora estuvieron sobre todo en tres grandes regiones, además, cada una de ellas supuso un desarrollo diferente. Pero se reconoce un origen común. Hay por lo tanto un pacto de origen. Un lugar de partida. La Hispania cristiana o la musulmana. Mi padre, que es ya un señor mayor, siempre me hace preguntas inteligentes. Me descubre ángulos que yo no había pensado aún. Como su cuestión sobre que esa Sefarad también musulmana se llevó o mantuvo, sin embargo, el español. Y por eso debemos suponer que en realidad se mantuvo una memoria, un apego. Pero seguramente no palabras exactas, sino que fue esculpiéndose el lenguaje con el paso del tiempo. Parto de la paradoja de la feria del libro de Casablanca. Durante años ignoré mi lugar de nacimiento, no exactamente ignorar, escribí sobre Tetuán, lo narré, atrapándolo como espacio infantil, pero creo que no profundicé en lo que supuso estar allí, el complejo sistema de vínculos que se pusieron en marcha. Pero somos también lo que ignoramos.

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EL OTRO

No puedo desligar mi identidad de la escritura, soy lo que deseo escribir y seré lo que escribo. Es el texto donde aparece y es en otros escritores donde reconozco esa absoluta pertenencia. Cada uno lo figura a su modo. Entre los sefarditas hay quienes se descubren en la música reviviendo las canciones, o investigan la historia o paseando por España de pueblo en pueblo, ambulantes, con su narración. La mayoría, simplemente sefardíes sin demasiada preocupación identitaria, son afortunados, no deben nada, no necesitan demostrar ni cuestionar. Privilegiados en su serenidad viven en la misma tradición o en los ritos inmersos en lo natural sin necesidad de grandes demostraciones.

En mi caso: la escritura. Oración diría Kafka, espacio de trascendencia. Sin la obligación de llegar a millones basta con la presencia del libro. Con la alegre certeza de mirar al futuro. Con la esperanza de ese alguno, alguien que como hacemos nosotros hoy, en su tiempo nos encuentre. Certeza de eslabón, de continuidad. Allí nos vamos encontrando los unos con los otros. Esa es mi idea de nación, el ser futuro en la medida de que somos testigos.

Reviso textos que ya he escrito, y en muchos están claves que he ido descubriendo, exponiendo. Siempre con la esperanza de encontrar el texto, el libro, quizá sea este el que me libere de esa necesidad de explicarme desde niña. Si Albert Cohen escribía para convencer a un Camelot, vendedor ambulante, de la grandeza de su pueblo, si se dirigía a ese Camelot que le gritó en público, cuando quiso ser amable, cuando le iba a comprar su mercancía, el día de su décimo cumpleaños, «judío, vete a tu país», en una calle de Marsella en 1905; yo quizá me justificaba en cada página con el sacerdote que daba clase de religión en mi colegio, el Liceo Sorolla. Me liberaba de gimnasia, no sé por qué, y de la clase de religión. Y el sacerdote, un día, al salir, en el umbral de la puerta me dijo: «Pobrecita, no tienes la culpa». En la España de entonces, claramente la realidad, era una verdad ajena para mí. Como Philip Roth, que preguntaba a su madre si los judíos creemos en la nieve. Esa pregunta es una metáfora de lo que sentimos; hay una realidad externa y en minoría se vive la sensación de reinventar la realidad, de darle una forma, que se enfrenta a otra verdad, que por ser general parece más auténtica, pero uno se esfuerza en mantener el equilibrio. En mi caso yo le dije a una niña que me explicaba que su madre cada mes tenía manchas rojas, que nosotras las judías no, que eso debía ser cosa de las cristianas. Esa posibilidad me resultaba creíble. Estaba tan arraigado en mí ese sentimiento de diferencia que no había frontera entre algo cultural y algo físico. La menstruación, tan natural y femenina, supe después con sorpresa que la teníamos también las mujeres judías.

Ese sacerdote me liberó evidentemente de la culpa que caía en mis padres. Pero yo los quería. Tanto que tras un accidente de coche que tuvimos en Tetuán, me pasaba el día temiendo por ellos. Vivíamos en España, en Europa, pero como invitados. Acogida generosa, pero estábamos obligados a estar atentos, no debíamos descuidarnos, sentir que podríamos ir en zapatillas y cómodos, siempre alertas, cuidadosos y amables, para que no se dieran cuenta de que estábamos allí. Así se fue conformando la comunidad. Buenos huéspedes para no alarmar a nuestros anfitriones. Siempre me pregunto qué hubiera sucedido de ser Dreyfus culpable. ¿Acaso no tenemos el mismo derecho de otros pueblos a que el delito de los espías, los corruptos, las malas personas, no culpabilice a los demás que son inocentes? Pero es que además él era inocente. Y quienes asistieron asombrados al juicio descubrieron que Europa, esa Europa que deseo unida, con una moneda única, con proyectos culturales trasversales, tiene también la enfermedad endémica del odio. Allí Teodoro Herzl tuvo una iluminación, Israel era el lugar. Nunca dejó de haber presencia allí, pero no era un estado. Quizá pensó que era la solución. Pero antes mucho antes, Gracia Mendes, sefardí, pensó lo mismo. Esta mujer que admiro, organizó en el siglo XVI una emigración a Tiberíades donde se creó un asentamiento con importantes cabalistas como Isaac Luria. Y es que se puede afirmar, y no soy historiadora ni académica pero tengo la licencia de la creación, que las dos líneas esenciales del judaísmo, vienen de España: del pensamiento racional que representa Maimónides y de la mística que parte del Zohar.

Antes de seguir debo decir que nada de Sefarad es ajeno al judaísmo ni nada del judaísmo ajeno a Sefarad. Es una parte de la historia de los judíos y heredera a la vez de Canetti y Singer. Sí, a pesar de ser uno sefardí y otro asquenazí.

Crecí leyendo a ambos. Ambos hacen parte del océano judío. Es cierto, en algún momento de este texto saldrá, hay tensiones, diferencias, pero hay más en lo común a pesar de las tensiones y encrucijadas fruto de prejuicios. En Madrid comparto y conocí a unos y a otros. Me sabía parte de esa complejidad. Y llegó la escritura.

Mois Benarroch me dijo: «Eres una escritora sefardí». Eres escritora. Y al decirlo tomé conciencia. Él también nació en Tetuán, pero se fue a Israel. En Israel, en tanto que sefardí, confundido con la cultura oriental, no se sintió en casa. No del modo que pensaba. Hizo de su poesía un arma contra los prejuicios hacia los marroquíes. Los marroquíes eran unos sefardíes, otros orientales. Los sefardíes del norte de Marruecos llevamos con orgullo el origen español, una especie de nobleza. En Israel no tuvieron en cuenta las diferencias, lo que por otro lado no deja de ser una forma también de separar al otro, de excluirle. No nos casábamos entre nosotros decíamos, les llamábamos forasteros cuando, como dice Jacob Israel, fuimos nosotros quienes llegamos después.

Recibí un correo electrónico de Mois Benarroch meses después de escribir Soñar con Hispania. El libro tiene dos partes, la mía y la de Ester Benari. En él Mois me decía que leyó el libro, mi parte, con sorpresa; quizá era él mismo quien escribió ese libro con otro nombre. Era él o era yo. Mis palabras se cruzaban con las suyas y así surgió un encuentro entre Sefarad de dos orillas. Nuestras madres fueron amigas. Mi amiga era su prima. Y en su poesía encontré al fin una fuente. España, Sefarad, Marruecos, memoria, exilio, reconstrucción. Mientras mi lugar en España era incuestionable, se ajustaba a mi lengua materna, en él era diferente. Políglota, había dejado para la literatura el español. Y con el tiempo y, chat a chat, decidió volver a escribir en español, a su modo, un español del estrecho o antiguo o propio o recuperado. Un español diferente e igual. Y a ambos las comas, no sabemos por qué, ni sé si a él le sucede en otros idiomas, se nos rebelan; sí, escribir es golpear las piedras de las palabras, es darle forma. Y a pesar de la dificultad, escribimos.

Mois Benarroch nacido en Tetuán, Marruecos. Desde 1972 reside en Jerusalén, ciudad en la que ha escrito treinta libros de novela y poesía en hebreo y en castellano. Los más conocidos son: En las puertas de Tánger, Mar de Sefarad, Llaves de Tetuán, Coplas del Inmigrante, Amor y Exilios y Lucena. Ha sido galardonado con el Premio Amijay y el Premio Levi Eshkol. En su poesía y novela hay desde un humor inteligente añoranza y enfado, un enfado creativo e inteligente que observa con asombro cómo, una vez que uno se marcha, cuando deja el lugar de nacimiento (él se fue con trece años de Tetuán, yo antes), parece imposible conectar de nuevo con un sentimiento que no sea de búsqueda de anclaje.