1. Entender la adolescencia

Empezar este texto con el propósito de entender a los adolescentes es un objetivo, cuanto menos, pretencioso. Hacer un manual que permita comprender el comportamiento de estos adolescentes que hacen su viaje natural entre la infancia y la edad adulta supondría poner en jaque la mitad de los bosques del planeta. No hay papel suficiente para explicar todo lo que significa la adolescencia.

Y es que, al igual que no hay dos personas iguales, no hay dos adolescentes iguales.

Esta etapa de la vida, caracterizada por los cambios permanentes, está cargada de una imprevisibilidad tal que, si consiguiéramos crear un manual de instrucciones para entender a nuestros hijos, este quedaría obsoleto en un abrir y cerrar de ojos. Esta etapa hace que un día el adolescente se parezca más a un niño, y al siguiente a un adulto. Y uno nunca sabe cómo tratarlos. ¿Los seguimos protegiendo como los niños inocentes que son o los respetamos por ese crecimiento personal y esa presunta responsabilidad que van adquiriendo?

Pues ni lo uno ni lo otro. Hay que entender que la adolescencia es una etapa especial, un rompecabezas al que siempre le falta una pieza, un mapa que hay que saber leer sin brújula, un cóctel que siempre tiene un ingrediente secreto. Nuestros hijos no son robots, y si lo fueran, los cambios que provoca esta nueva etapa en su vida los harían actuar como si tuvieran un cortocircuito tras otro.

Eso no significa que haya que izar la bandera blanca, rendirse, someterse a la tiranía de estos nuevos seres embravecidos ni excusarse bajo la premisa del caos personificado que son para mantenerse de brazos cruzados. Si bien es cierto que cada adolescente actúa y se ve influenciado por esta etapa de manera diferente y única, sí hay varios aspectos que conviene conocer y que, si detectamos a tiempo y actuamos de una manera adecuada, nos harán creer en ese milagro que es tener el control sobre nuestro hijo o hija adolescente.

No en todos aparecen los mismos signos, pero estos sí son frecuentes y genéricos y podemos convertirlos en herramientas a nuestro favor en esta batalla de la que a veces es difícil salir airoso. Así que vamos con unas cuantas pautas que nos ayudarán a entender a nuestros hijos adolescentes y alejarnos del conocido dicho: «De pequeños son tan tiernos que te los comerías, y cuando crecen te arrepientes de no habértelos comido».

La etapa de la rebeldía

Ya decía Platón que el mejor método de aprendizaje entre las personas es la discusión, pero entendiéndola como un intercambio de pareceres productivo y enriquecedor, no como una batalla campal en la que tirar los trastos a la cabeza de tu interlocutor. Y es que tratar con adolescentes es una cosa que requiere de mucha filosofía.

En la mayoría de los casos, hablar con un hijo o hija adolescente se parece más a entrar en combate que al acto de comenzar una conversación. Pareciera que uno tuviera que ponerse el casco y el chaleco antibalas para salir indemne de tal tarea. Y ocurre así porque los adolescentes suelen tener el cargador de las palabras lleno de rebeldía.

¿Por qué siempre parecen estar tan a la defensiva? La adolescencia es la etapa en la que empiezan a sentirse libres. Comienzan a ser autónomos en la mayoría de sus tareas, empiezan a tomar sus decisiones, a realizar actividades sin la presencia de los padres. Y solo cuando uno es libre, puede entender lo que significa perder esa libertad. Subconscientemente, su cerebro les está diciendo que es la hora de vivir por sí mismos. ¿Cómo han podido estar tanto tiempo bajo la batuta de otra persona?

Por ello, cada instrucción que reciban, aunque sea bien intencionada, será interpretada como un robo a su libertad. ¡Necesitan decidir por sí mismos! Solo con ese proceso experimental podrán conocer su propio interior. Están conociendo el libre albedrío y sus consecuencias. Y eso hay que comprenderlo.

Es por eso que, retomando el consejo inicial, hay que acostumbrarse a sugerir más que a ordenar. En lugar de decirle: «A las diez de la noche tienes que estar en casa», habría que sugerirle que a esa hora debería estar, argumentando nuestra opinión, y apagaremos ese fuego que es la rebeldía si además le pedimos la suya al respecto.

Si impones la norma, buscará su propia excusa para mantener la codiciada libertad que le está ofreciendo esta etapa: «Es que todos mis amigos se quedan hasta más tarde». Y sus réplicas no hay que desestimarlas, pues es ahí donde empieza el proceso de negociación. Tienes que exponer tus argumentos, explicarle que es la primera vez que se está quedando hasta tan tarde y que tiene que demostrar que es responsable, y que si lo hace, poco a poco se irá ganando que se estire la hora de recogida. Un tira y afloja. No le estás imponiendo que vuelva a esa hora atacando su libertad, le estás diciendo que tiene que ganársela. Ya no eres su carcelero, sino la persona que le está ofreciendo ganarse sus beneficios.

Si haces que el proceso de negociación se repita en cada una de las complicadas decisiones y le permites desfogarse mediante el uso de su inteligencia, no utilizará ese lanzallamas que es su rebeldía adolescente. Pero mucho ojo, eso no significa que cedas a ella haciéndole creer que tiene poderes que no merece.

Para no avivar la rebeldía propia de la adolescencia, trata de negociar en lugar de imponer.

Más vale pronto que tarde

Hay temas propios de la adolescencia de los que hay que hablar con nuestros hijos que, reconozcámoslo, tratamos de postergar por temor a no saber cómo hacerlo, miedo a no tratarlos bien o incluso por timidez. Parece que nos dé miedo abordar temas adolescentes porque nuestros hijos nos mirarán con vergüenza. «¿Qué hace un carca como mi padre hablándome sobre sexo?», creemos que pensarán. Pero ya está bien de ponerse excusas, ¿quién es el adulto aquí?

Lo cierto es que hay temas que pueden resultar incómodos de abordar con nuestros hijos, pero a la vez extremadamente necesarios: sexo, drogas, ciclo menstrual, poluciones nocturnas... La mayoría de los padres prefiere evitar la confrontación y dejar que los adolescentes lo descubran por sí mismos, o delegar en los centros escolares, y no hace falta decir que eso es un gran error.

Aunque hoy en día los jóvenes tienen acceso a una mayor información que en nuestros tiempos debido a Internet, eso no significa que todo lo que puedan aprender ahí sea de calidad. Si no hablas con ellos, jamás podrás filtrarles los millones de sandeces que pueden llegar a aprender sobre el tema con las fuentes inadecuadas.

Internet es una gran fuente de información, pero también una gran fuente de desinformación llena de mitos y falsas noticias.

Por otro lado, retrasar estos temas no hace ningún favor a ninguno de los dos. Por un lado, el hecho de evitarlos hace que se les dé más importancia. Causa la sensación de ser tan impresionantes que tienen el poder de dominarnos. En cambio, tratarlos con naturaleza hace que se le reste intensidad. ¿Acaso tiemblas cuando le preguntas a tu hijo si quiere un refresco de limón o de naranja? Pues trata estos temas de igual manera. Son procesos naturales y como tales han de ser abordados.

Además, tratarlos con naturalidad y cuanto antes mejor hará que tu hijo o hija no se sienta estúpido con sus amigos al ser el único que todavía no ha recibido información sobre diversos asuntos que, nos guste o no, van a ser los temas estrella en las conversaciones con sus compañeros. Asúmelo, no hablar de ellos no hará que no los conozcan; al contrario, serás tú quien no sepa cómo los afronta.

No conviertas en tabú algunos temas adolescentes omitiéndolos; habla cuanto antes de ellos con tus hijos para que los interioricen con naturalidad. ¡No hay nada que esconder!

Tus hijos son perfectamente imperfectos

Uno de los factores que hacen que los adolescentes sean inestables y que su comportamiento cambie constantemente es su inseguridad. En esta etapa comienzan a caminar por la vida solos, y eso da miedo. Su subconsciente lo sabe, y las emociones se disparan, tratan de guiarlos mediante esas señales luminosas que son sus sentimientos a flor de piel.

Esa inseguridad provoca que muchas veces actúen de una manera que no logramos entender. Muchas cosas que como adultos bien pueden parecernos tonterías, a los adolescentes pueden causarles traumas, temores o incluso depresiones. Están en una nueva etapa, todo es nuevo para ellos, y por eso son extremadamente sensibles.

Por eso, cuando tengan algún comportamiento extraño, hay que partir de la base del conocimiento de que en su personalidad, aún por definir, hay muchas hormonas y comportamientos cerebrales nuevos que están siendo puestos a prueba. ¿Has visto conducir a alguien una bicicleta por primera vez? Hace movimientos extraños, imprevisibles, porque está aprendiendo a hacerse con el control del vehículo. Los adolescentes se encuentran, sin quererlo, dentro de un nuevo vehículo que es su cuerpo y su mente, y eso los hace actuar a veces de maneras difícilmente explicables.

Y eso va a dificultar aún más tu tarea de tratar con ellos. Para manejar un mecanismo hay que comprenderlo, y... ¿cómo vas a entender cómo funciona tu hijo si ni siquiera él mismo lo sabe?

En este sentido, hay algo que como padre o madre puedes hacer: conseguir que mejore la confianza en sí mismo y se sienta más seguro. Si minimizas esa incertidumbre a la que está expuesto, sus pasos serán más seguros, lógicos y... comprensibles.

Y que sea menos inseguro no se consigue escondiendo sus miedos y defectos. A nadie le gusta reconocer que su hijo o hija tiene puntos débiles, que los tiene. Pero no le haces un gran favor si tratas de decirle que no tienen importancia y para no dañarlo evitas hablar sobre ello. La fortaleza no consiste en no tener debilidades, sino en asumirlas con normalidad y esforzarse por minimizarlas. Es cierto que decirle a tu hijo o hija cosas que tiene que mejorar puede afectarlo moralmente, pero es necesario para que desarrolle esa resiliencia que va a ayudarlo como joven y como adulto. Aprender a quererse y a reconocerse es un proceso que hay que practicar. Como todo, cuesta al principio, pero, cuanto más se demore, más daño se acaba generando en un futuro.

También debes potenciar sus virtudes para mantener un equilibrio. A todos nos gusta escuchar lo buenos que somos en algo, y los adolescentes, que parecen bañados en un halo de narcisismo, todavía lo agradecen más. Pero también aquí hay que ser comedido: reconocer una fortaleza es útil para ser más eficaz en muchos aspectos, pero ponerla como el centro del universo hace perder la perspectiva y se corre el riesgo de enviar a tu hijo o hija a un universo mental mágico alejado de la realidad.

Los adolescentes viven rodeados de una inseguridad que los hace actuar de manera imprevisible y que puedes minimizar ayudándolos a aceptar sus defectos y a hacer buen uso de sus virtudes.

Nosotros también fuimos adolescentes (aunque no te acuerdes)

«Los adolescentes de hoy en día son cada vez más insoportables. ¡En mis tiempos no éramos así!» Esas son las afirmaciones estrella cuando un grupo de gente que dejó la adolescencia hace mucho tiempo se reúne. Y puede que tengan razón. Al fin y al cabo, los entornos cambian y estos afectan al desarrollo de los jóvenes. Pero que éramos irremediablemente incomprensibles, eso es cierto. Aunque no lo recordemos (o no queramos admitirlo).

Es difícil valorar algo desde una personalidad formada como es la de un adulto. La experiencia, el aprendizaje y, por qué no, la cabezonería propia del paso de los años nos hacen creer que somos capaces de comprender todo a nuestro alrededor, y que en consecuencia todos deberían hacerlo, aunque no tengan edad para ello. Pero todos tuvimos nuestra etapa de incertidumbre e inseguridades.

Ojalá existiese una máquina del tiempo para vernos a nosotros mismos en nuestra edad adolescente, pero, como no la hay, solo hay una cosa que podemos hacer para entender a los adolescentes: desarrollar nuestra empatía. Cada persona ve el mundo con sus propios ojos, y los nuestros solo nos ofrecen una percepción más de las que ofrecen los seis mil millones de pares que hay en el planeta Tierra.

Y reconozcámoslo, los ojos de un adolescente son muy especiales, tienen ese brillo emocional que distorsiona la realidad, y de qué manera. No podemos pedirles que tengan la seguridad y la experiencia que tenemos nosotros, pero vamos a tener que intentar ver a través de esa mirada sensible si queremos comprenderlos. Saber por qué hacen lo que hacen nos permitirá disponer de más argumentos para corregir sus comportamientos y no comportarnos de manera excesivamente imperativa.

Empatiza con tu hijo e intenta ver la vida con sus ojos para comprender su forma de actuar.

Déjale cortar el cordón umbilical

La adolescencia es una etapa muy complicada, y nuestro instinto como padres es intentar proteger a nuestros hijos de ella y sus dificultades. Pero, a veces, estar encima de ellos puede provocar el efecto contrario al que buscamos. El adolescente va a cometer errores porque estos son inherentes a todo proceso de aprendizaje, y él está aprendiendo a ser un adulto. Así es como nos desarrollamos, mediante el ensayo y el error.

Privarlos de este aprendizaje los mantendrá eternamente en la niñez. El amor paternal todo lo puede, y si pudiéramos eliminar todo rastro de sufrimiento de sus vidas, lo haríamos. Pero la personalidad se forma a base de golpes. Ojalá esta pudiera hacerse fuerte entre algodones, pero no es así. Nos dolerá ver a nuestro hijo o hija sufrir un desamor, o una pelea con un amigo, o sentir cómo se deshace un sueño para el que sabíamos que no estaba preparado, pero tenemos que ser conscientes de que eso los hará más fuertes en el futuro. El roce hace el callo, y eso también se aplica al alma.

Tampoco podemos estar encima de ellos en una época en la que la libertad y la independencia les hace sentir que todo lo pueden. Aunque sepamos que se van a estrellar. Hay veces que evitar que hagan algo porque sabemos que es un absoluto error solo hará que nuestros hijos nos odien por ser unos carceleros ahí donde nosotros nos veíamos como unos salvadores. La experiencia solo se gana, precisamente, mediante experiencias. Puedes sugerir, en lugar de prohibir. Puede que así no evites el daño, pero sí querrán tener tu mano cerca para levantarse. De otra manera, verás cómo se alejan cada vez más y más de ti.

El rol que los padres de adolescentes deben tomar es el de ser su «paracaídas». Dejar cierto margen de libertad para que puedan experimentar esa curiosidad adolescente, pero transmitir el mensaje: «Si te caes, si te equivocas, yo voy a estar aquí para sostenerte, para ayudarte». Y que se les transmita ese sustento es vital para su seguridad emocional.

Y, por otro lado, también está su derecho a la intimidad. Los adolescentes tienden a ser muy retraídos, y más aún con sus padres. Necesitan hacer cosas por sí mismos, su corazón bombea independencia porque tienen que convertirse en unos adultos autosuficientes. Permíteles sus momentos de soledad, no indagues en sus asuntos. Practica la confianza como método de acceso a sus problemas. Una buena comunicación evitará que tengas que estar investigándolos continuamente. Estar detrás de ellos constantemente solo hará que se enfaden cada vez más; conociendo la irascibilidad de esta etapa, ¡no la fuerces! Eso no significa que no tengas un control de determinados medios como Internet o sus redes sociales, en las que primero han de demostrar que merecen su independencia.

Proporciona una sana intimidad e independencia a tu hijo; por poco que te guste, tendrá que cometer errores para aprender.