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© Daniel Goya, Juan Vrsalovic y Norberto Sáinz, 2010


Inscripción N° 195.099

ISBN Edición Impresa: 978-956-17-0467-1

ISBN Edición Digital: 978-956-17-0895-2


Derechos Reservados


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Dirección de Arte: Guido Olivares S.

Diseño: Mauricio Guerra P.

Asistente de Diseño: Alejandra Larraín R.

Corrección de Pruebas: Osvaldo Oliva P.

Índice

Prólogo

1. Introducción

2. De la Sociedad Industrial

2.1 Impulsores del crecimiento en la Sociedad Industrial

2.1.1 Mano de obra

2.1.2 Capital y sistema financiero

2.1.3 Tecnología

3. Competitividad, crecimiento y desarrollo

3.1 Competitividad y países en desarrollo

3.1.1 América Latina

3.1.2 Chile

3.1.3 Nuevas economías “núcleo”

4. De la sociedad del conocimiento

4.1 “Nueva Economía”

4.1.1 Retroalimentación positiva

4.2 Impulsores del crecimiento en la sociedad del conocimiento

4.2.1 Los impulsores clásicos

4.2.2 Informatización

4.2.3 Informacionalización

4.2.4 Globalización y redes

4.3 Conocimiento y aprendizaje

4.3.1 Información y conocimiento

4.3.2 Aprendizaje

4.4 Conclusiones sobre la sociedad del conocimiento

5. De la innovación

5.1 Definición y conceptos importantes

5.1.1 Definición

5.1.2 Administración de la innovación

5.1.3 Innovación radical e incremental

5.1.4 Fuentes de innovación

5.1.5 Trayectoria tecnológica

5.2 De los sistemas de innovación

5.3 Impulsores de la innovación en la sociedad del conocimiento

6. Redes de informació

6.1 Redes de personas

6.2 Clusters

6.2.1 Redes de personas en clusters

6.2.2 Estructura y entradas externas

6.2.3 Recursos y capacidades de conocimiento

6.2.4 Innovación y comentarios finales

6.3 Redes emergentes

6.3.1 Conexiones bilaterales y conceptos básicos

6.3.2 Conexiones multilaterales

6.3.3 Estructura

6.4 Conclusiones

7. Metodología para análisis de redes

7.1 Fundamentos y objetivos

7.2 Etapas

7.2.1 Analizar la industria y la empresa

7.2.2 Desarrollar capacidad de redes

7.2.3 Evaluar grupos y posición deseada

7.2.4 Evaluar contactos actuales y potenciales

7.2.5 Potenciar capacidad de alianzas

7.2.6 Crear, reforzar, o eliminar contactos

7.2.7 Explotar contactos existentes

8. Conclusiones

8.1 Limitaciones del estudio

8.2 Trabajo futuro

9. Bibliografía

Prólogo

Si hay algo que distingue a la innovación es su carácter colectivo. Ya sea si se analiza como un proceso, o bien, como un resultado, no es difícil notar que son muchos los responsables de que una idea potente termine cristalizándose en un nuevo producto o proceso. O en una nueva forma de organizar la producción, una nueva estrategia de marketing o simplemente en algo que crea valor.

Lo colectivo del proceso se explica por una de las principales características que tiene el conocimiento, lo tácito. Mirar el manual o leer el artículo científico no es suficiente para comprender un problema o entender su solución. Ni menos replicarlo. Quizá su máxima expresión sea la relación maestro aprendiz. Lo tácito del conocimiento justifica, entre otras cosas, la necesidad de estar cerca, físicamente cerca. Hay varios que sugieren que entre más temprano u original el conocimiento, más relevantes son las interacciones entre aquellos que lo desarrollan.

Hay, eso sí, un aspecto fundamental en la existencia y sobre todo la sustentabilidad de dichos lazos, y tiene que ver con la confianza. No es difícil intuir que para articular redes las partes se deben encontrar. En algún momento y contexto deben interactuar. No obstante, dado lo costoso y tedioso que es conocer a nuestro interlocutor previo a cualquier acto de interacción, debemos hacer un acto de fe sobre su conducta futura. Aquella que varias veces
sometemos a prueba durante la relación. Así, más allá de los incentivos detrás de la creación de dichos lazos, las redes descansan sobre esta base fundamental, la confianza. Lo anterior cobra especial relevancia en la innovación, por esencia incierta y con altas dosis de riesgo.

Obviamente que dichos vínculos van transformándose con el pasar del tiempo. Son intrínsecamente dinámicos. Y mientras los incentivos persistan, mientras las confianzas existan, los vínculos pueden perdurar en el tiempo. Ello a pesar de que tanto el contexto como los participantes puedan sufrir cambios. Y de hecho cambian. Tanto a nivel de las personas, de las empresas, de las regiones y de los países.

Esa es la invitación que nos hace este magnífico ensayo. A centrar la atención sobre los vínculos, las relaciones y los lazos bajo el prisma de la innovación. Mucho se ha escrito sobre los agentes que participan en la innovación, los roles y responsabilidades necesarias para su desarrollo. Pero poco se ha dicho sobre los vínculos entre quienes participan. En la creación de valor, que es a la larga la mejor definición de innovación, las redes dan justamente cuenta de dicho quehacer. Afinar la puntería en el análisis sobre estos elementos es uno de los grandes aportes de este ensayo.

Y dicho análisis no sólo puede ser llevado adelante cuando se estudia una empresa o una universidad sino también una región o incluso una nación. El concepto de Sistema de Innovación, extensamente tratado en este ensayo, tanto a nivel local como nacional, ha sido un marco de análisis de gran relevancia a la hora de caracterizar dinámicas innovadoras.

Ciertamente aun no sabemos las especificidades del cómo algunas naciones han logrado desarrollarse de la mano de la innovación. Quizá el secreto no sea sólo entender a los agentes que participaron en dicho proceso sino también centrar la mirada en los vínculos entre ellos. Esa es la invitación de este libro. Esa es su gran innovación.



José Miguel Benavente, Ph.D.

Director Centro Intelis

Depatamento de Economía

Universidad de Chile

2. De la Sociedad Industrial

A fines del siglo XVIII se inició en Gran Bretaña un proceso que ahora es conocido como la Revolución Industrial. Aunque se discuta el uso del término revolución –por el hecho de que es un proceso que demoró décadas– no se discute que produjo cambios en todos los aspectos de la sociedad, no sólo en la economía y los métodos de producción, como podría dar a entender una visión simplificada y centrada sólo en los cambios tecnológicos.

Después de su inicio en Gran Bretaña, la revolución continuó por Europa y el resto del mundo, para en definitiva establecer sociedades industriales en la mayor parte del planeta, con las excepciones de gran parte de África y zonas rurales distribuidas por el mundo.

Hasta antes de la Revolución Industrial, la mayor parte de la población mundial vivía en el campo, las familias eran unidades productivas, donde los distintos miembros de estas trabajaban la tierra o formaban parte de talleres familiares (Drucker, 1999; Toffler 1980). La Revolución Industrial trajo un crecimiento brutal de las ciudades, que atraían a los desocupados por la revolución agraria británica1, quienes pasaron a conformar la nueva clase trabajadora. Al mismo tiempo nacía otra clase complementaria, los empresarios (Drucker, 1999).

Los excedentes producidos por la revolución agrícola, junto con posteriores avances en medicina y salud pública –que se hicieron imperativos para las ciudades que crecían de manera insalubre– hicieron crecer la población a tasas mucho mayores a lo acostumbrado hasta el momento (Montagna, 1981; Rempel, 19??).

El tren hizo consolidarse al Estado nacional en Europa (Drucker, 1999), y las condiciones económicas a la producción industrial y la economía de mercado, ambas características definitorias de la Sociedad Industrial según Giddens (1998). Nacieron los consumidores y los bienes de consumo, que si bien eran productos que ya existían, ahora se podían fabricar en masa (Drucker, 1999). La Revolución Industrial fue también el hito que marcó el ascenso de Occidente, eclipsando, hasta hace unos pocos años atrás, a regiones asiáticas que en ese entonces tenían niveles de desarrollo equivalentes (Castells, 2000).

La Revolución Industrial fue un proceso complejo que todavía se estudia. Hay diversas teorías sobre sus causas: “Cada grupo de académicos o escuela filosófica tiene su explicación preferida. Los deterministas tecnológicos apuntan a la máquina a vapor, los ecologistas a la destrucción de los bosques británicos, los economistas a las fluctuaciones del precio de la lana. Otros enfatizan cambios religiosos o culturales, la reforma protestante, la Ilustración, etc.” (Toffler, 1980).

Sin embargo hay un elemento que siempre destaca: la mejora de la máquina a vapor hecha por James Watt2. Con ella, se empezó a usar el carbón como fuente de energía, surgieron las fábricas, aumentó la producción y mejoraron los medios de transporte. La máquina a vapor además permitió que las incipientes fábricas pudieran alejarse de los ríos, al acabarse la dependencia de la presión de agua como fuente de energía (Montagna, 1981).

Pero siendo más estrictos, la revolución potenciada por la máquina a vapor es la primera Revolución Industrial. A mediados del siglo XIX se inicia el período denominado Segunda Revolución Industrial, que trajo el motor de combustión interna y la electricidad, el telégrafo, el teléfono, grandes avances en la industria química, además de innovaciones en la administración de la mano de Taylor, Fayol y Ford; todo esto dio otro gran impulso al crecimiento económico. La investigación científica fue clave para las innovaciones de esta segunda revolución, donde se empezaron a ver los efectos de los laboratorios de Investigación y Desarrollo (I+D) surgidos a fines del siglo XIX en la industria química alemana (Castells, 2000). La Segunda Revolución Industrial fue liderada por Alemania y Estados Unidos, Gran Bretaña se fue quedando atrás.

El resultado de estas revoluciones, como se dijo anteriormente, fue el establecimiento de la Sociedad Industrial en la mayor parte del mundo. Dejando de lado la caracterización de esta nueva –en ese entonces– sociedad, se verá como la Revolución Industrial también inició un nuevo período en el desarrollo económico humano, la producción per cápita empezó a aumentar como nunca lo había hecho en toda la historia, al mismo tiempo que –contra todos los pronósticos de Malthus3– la población también aumentaba, mejorando además las condiciones de vida promedio. Promedio, porque claramente sigue habiendo gente que vive en las mismas o en peores condiciones que en el siglo XVIII, pero ese es otro enorme y complejo problema, para el que todavía no hay solución.

Como se aprecia en el gráfico de la figura 2.1, hasta antes del siglo XIX prácticamente no hay crecimiento, la Revolución Industrial claramente marcó un antes y un después para la economía mundial, y, como se aprecia también en el gráfico, este fenómeno ocurrió en todo el mundo, aunque claramente no con la misma magnitud; África en 2003 se encuentra en el nivel del Oeste de Europa en 1820.

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Figura 2.1. PIB per cápita 1-2003 d.c.4

Fuente: (Wikipedia.org en base a Maddison, 2006).

Para efectos de este trabajo, interesa analizar qué factores impulsaron el crecimiento económico de la Sociedad Industrial, base de la Sociedad del Conocimiento que se estudiará más adelante.

2.1 Impulsores del crecimiento en la Sociedad Industrial

Las fuentes del crecimiento en la Sociedad Industrial son al mismo tiempo algunas de sus principales características, fueron factores clave para el crecimiento durante la mayor parte del período industrial, y siguen manifestándose de distinta forma en la actualidad; algunas han dado saltos cualitativos y siguen siendo motores del crecimiento; otras han pasado a ser requisitos básicos, como la energía y el transporte.

Antes de analizar en detalle los factores que impulsaron el crecimiento en la Era Industrial, se presentará brevemente el modelo neoclásico de crecimiento económico. En 1776, el mismo año en que la máquina de Watt se empezó a instalar en distintas industrias (originalmente se utilizó sólo en minas), Adam Smith publicó “La riqueza de las naciones”, y con esto se inició el estudio formal de la economía, que hasta hoy tiene en el crecimiento económico uno de sus mayores desafíos.

En 1956, Robert Solow y T.W. Swan desarrollaron un modelo que se ajustaba relativamente bien a los datos de crecimiento en Estados Unidos. En el modelo, basado en el de Harrod-Domar de acumulación de capital, el crecimiento depende de la mano de obra y el capital (en definitiva de la acumulación de capital, ya que la tasa de crecimiento de la población no puede modificarse fácilmente a gusto de los agentes productivos).

El modelo de Solow (llamado también neoclásico o de crecimiento exógeno) asume rendimientos decrecientes del capital y la mano de obra, esto es, que con un nivel constante de uno, los aumentos en el otro producen aumentos cada vez menores en la producción total. Si los dos aumentan en la misma proporción, la producción total sí aumentará en esa proporción (tienen conjuntamente rendimientos constantes). Del modelo se concluye que los países convergen a un estado estable, y el crecimiento depende de la inversión en capital, que a su vez depende del nivel de ahorro.

Lo más importante del modelo de Solow, al menos para este trabajo, es que gran parte del crecimiento no era explicado por el capital y la mano de obra, sino por un residuo que Solow originalmente denominó la “medida de nuestra ignorancia”. Actualmente ese residuo es denominado Productividad Total de Factores (PTF), y agrupa todo el crecimiento que no es explicado ni por el aumento de mano de obra ni la acumulación de capital. Aunque se asocia con la productividad –la razón entre producción obtenida e insumos utilizados– esta PTF es determinada exógenamente, lo cual hizo surgir nuevas teorías, llamadas de crecimiento endógeno, que intentan explicar de dónde viene el cambio en la productividad, analizando el cambio tecnológico, el capital humano y la innovación, entre otras cosas, con la intención de obtener modelos más realistas y prescriptivamente útiles.

Y aunque no se haya logrado generar un modelo con la aceptación del de Solow, las teorías de crecimiento endógeno impulsaron el estudio del cambio tecnológico, y mostraron que, al contrario de lo que planteaba la teoría neoclásica, las políticas públicas pueden tener un efecto en el crecimiento a largo plazo de una economía. Subsidios u otras medidas que promuevan la educación y la I+D, muestran algunos de estos modelos, tienen un efecto positivo en la innovación, y esto afecta a su vez positivamente la tasa de crecimiento.

Sin embargo, al analizar cuantitativamente el efecto de algunas de las tecnologías características de las Revoluciones Industriales, se descubre que prácticamente no tuvieron efecto en el crecimiento. Una explicación para esto se basa en el concepto de las tecnologías de propósito general, cuyo efecto tarda un tiempo considerable en ser visible. La electricidad, por ejemplo, que ya en 1880 era prometedora, no vino a tener su mayor impacto en la productividad hasta los años veinte, cuando se descubrieron las posibilidades de rediseño de las fábricas (David, 1989, citado por Crafts, 2004 y por Castells, 2000). Algo similar ocurriría más tarde con las nuevas TIC de fines del siglo XX, cuyo efecto llegó después de lo esperado por la diferencia entre la velocidad del avance tecnológico y de la asimilación social de las tecnologías.

A continuación se analizará el fuerte crecimiento que tuvieron los tres factores como resultado de la revolución industrial, prestando especial atención a la PTF o cambio tecnológico.

2.1.1 Mano de obra

A pesar de las nuevas fuentes de energía y maquinarias mecanizadas, la producción seguía siendo intensiva en mano de obra, las fábricas necesitaban cada vez más manos –porque los obreros eran considerados herramientas, más que personas– para producir.

Las mejoras en la producción agrícola hicieron menos mano de obra necesaria en el campo, y las fábricas en las ciudades, que necesitaban obreros, fueron el lugar lógico donde ir a buscar trabajo. Hubo enormes migraciones del campo a la ciudad, lo que derivó en pésimas condiciones de vida e higiene en estas, y pésimas condiciones laborales también; la gran oferta de mano de obra hacía que su costo fuese ínfimo, los empresarios podían pagar tan poco como quisieran y no había ninguna preocupación por las condiciones laborales; hombres, mujeres y niños –en 1818 aproximadamente la mitad de los trabajadores en fábricas de algodón había empezado a trabajar antes de los diez años (Galbi, 1997)– trabajaban hasta 14 horas diarias, en fábricas sucias, oscuras y peligrosas. Esto último derivó en la aparición de los sindicatos y las primeras regulaciones laborales, y al desarrollarse la Sociedad Industrial esto fue mejorando considerablemente, especialmente en los países más avanzados.

Pero más allá de los cuestionamientos éticos a las condiciones de trabajo, el hecho es que el aumento de población de las ciudades, causada por antiguos trabajadores agrícolas atraídos a las fábricas para conseguir trabajo, fue un factor que contribuyó al crecimiento; sin la disponibilidad de gente dispuesta a trabajar que tenían los empresarios el crecimiento no hubiera ocurrido a las velocidades que ocurrió.

Y no sólo eso, sino que la nueva división del trabajo es una de las características de la cultura industrial, diametralmente distinta a lo que ocurría en la anterior sociedad agrícola (Castells, 2000). La nueva división técnica del trabajo fue el resultado de la creciente especialización necesaria para operar las nuevas tecnologías y dirigir las cada vez más grandes y complejas organizaciones.

2.1.2 Capital y sistema financiero

A pesar de que el feudalismo empezó a declinar varios siglos antes de la Revolución Industrial, hasta ese momento la tierra seguía siendo la principal fuente de riqueza, pero la hegemonía de los terratenientes empezó a ser desafiada por los que invertían en maquinaria y fábricas.

Las grandes fábricas que empezaron a surgir requerían inmensas inversiones, pero los que se arriesgaban y tenían éxito acumulaban capital de una manera nunca antes vista, gracias a los nuevos niveles de producción y crecimiento existentes. Esta acumulación de capital les permitía invertir más, dándose las condiciones para que empezaran a crearse grandes imperios industriales y financieros.

Las compañías necesitaban dos tipos de capital, a largo plazo, para sus inversiones, y a corto plazo, para pagar a sus empleados, comprar materia prima, etc. El capital de largo plazo lo obtenían generalmente hipotecando maquinarias y propiedades, pero los fondos a corto plazo comenzaron a ser un problema (Montagna, 1981). Para el pago a proveedores empezó a extenderse crédito, y se les pagaba a los proveedores hasta 12 meses después de que se vendía un producto. Los productores empezaron a crear sus propios bancos, donde aprovechaban los ingresos de sus fábricas, y al mismo tiempo podían de ahí obtener dinero para pagar a sus empleados. Después de algunas crisis y muchos bancos que quebraron, logró establecerse un sistema financiero capaz de responder a los requerimientos del nuevo sector industrial (Montagna, 1981), sistema que ha seguido evolucionando hasta convertirse en la “columna vertebral” de la actual globalización (Castells, 2000).

2.1.3 Tecnología

Antes que todo, es necesario definir de manera precisa qué se entenderá por tecnología a lo largo de este trabajo. Se puede definir tecnología como “un cuerpo de conocimiento basado o compatible con la ciencia contemporánea, que utiliza el método científico y cuya finalidad es la creación, control, o transformación de artefactos, procesos o entidades naturales, artificiales, o conceptuales para la satisfacción de necesidades humanas”5.

La Revolución Industrial se asocia inmediatamente con nuevas tecnologías, que transformaron los talleres en grandes y más productivas fábricas, las más características y mencionadas son la mejorada máquina a vapor y la Spinning Jenny, un torno de hilar de múltiples hilos que fue la causante directa de la revolución en la manufactura textil, una de las primeras industrias en “revolucionarse”.

Los cambios tecnológicos no fueron sólo en unas pocas industrias, poco a poco fueron entrando en todas. En palabras de Peter Drucker, “Aunque los tejidos eran los productos más visibles en esos primeros años, la Revolución Industrial mecanizó la producción de prácticamente todos los productos más importantes, como el papel, vidrio, piel y ladrillos. Este impacto no sólo se redujo a los bienes de consumo. La producción de hierro y sus derivados, por ejemplo el cable, se mecanizó de un modo tan rápido como antes lo había hecho el textil, con los mismos efectos en costo, precio y producción” (Drucker, 1999).

La Segunda Revolución Industrial trajo tecnologías como el teléfono6, el motor de combustión interna y el eléctrico, y una serie de innovaciones en la industria química debido a la creación de laboratorios de I+D. El cine y el fonógrafo hicieron que se masificara incluso la industria del entretenimiento, algo hasta el momento inimaginable (Benkler, 2006).

La tecnología, como conocimiento usado para satisfacer necesidades humanas, siempre ha sido un factor fundamental del desarrollo, lo particular que ocurrió durante la revolución industrial fue la aparición de algunas de las denominadas “tecnologías de propósito general”, como la máquina a vapor y la electricidad, y el nacimiento de los laboratorios de I+D, que formalizaron y sistematizaron la investigación tecnológica dentro de las empresas.

Una “tecnología de propósito general”, se caracteriza por tener rangos de uso extremadamente amplios, tecnologías que van derivando de ellas, y eventualmente un importante efecto en la productividad (Crafts, 2004). La electricidad, por ejemplo, sirvió al comienzo a través del motor eléctrico, que permitía mejorar la productividad en muchas tareas. Luego los motores eléctricos salieron de las fábricas para llegar a las casas dentro de electrodomésticos, la electrónica surgió como otra disciplina independiente a la electricidad y se manifiesta en radios, televisores, teléfonos, aviones, juguetes, computadores, etc.

Hay consenso con respecto al efecto que tienen, o debieran tener, las mejoras tecnológicas en la productividad; la Spinning Jenny, por ejemplo, permitió que un operario con una máquina produjera lo que antes necesitaba una serie de obreros, los nuevos altos hornos permitían producir más acero más eficientemente, y así ocurría en una industria tras otra, desplazando los límites dados por los niveles de capital y mano de obra mediante aumentos en la productividad de los factores.

Un factor importante relacionado con las nuevas tecnologías, que merece mención especial, son las fuentes de energía.

2.1.3.1 Fuentes de energía

Aunque hay dudas sobre cuáles fueron o no las principales causas de la Revolución Industrial –entre las que están las nuevas fuentes de energía– no hay duda de que estas fueron determinantes para el crecimiento económico que se ha dado desde la Revolución Industrial. Freeman (en Dosi et al, 1988) incluso plantea que la base del paradigma técnico-económico industrial eran los inputs de energía baratos.

El surgimiento de las fábricas fue posible por el reemplazo de la fuerza del agua y la animal, usadas hasta entonces, por el vapor. El aumento de productividad otorgado por las máquinas funcionando a vapor –como la mecanización de la producción textil, un ícono de la Revolución Industrial– tuvo un efecto directo en los niveles de crecimiento económico.

La Segunda Revolución Industrial trajo la electricidad y el motor de combustión interna; basta imaginarse el mundo sin alguna de estas dos tecnologías para comprender su importancia.

El petróleo ha sido uno de los recursos naturales más importantes en la historia de la humanidad. Además de los productos derivados del petróleo, como los distintos tipos de plásticos, existe una enorme dependencia de este para el transporte (e indirectamente para las finanzas y todas las industrias) en todo el mundo, lo que ha causado enormes crisis económicas (1973 y 1979), guerras, y actualmente está generando mucha controversia por su carácter de recurso no renovable y sus efectos medioambientales.

En resumen, la máquina a vapor hizo nacer las fábricas, la imagen característica de la revolución y el crecimiento industrial, el lugar donde ocurría físicamente la producción y el crecimiento económico, luego la electricidad iluminó el mundo, dando un nuevo impulso a las fábricas, y el petróleo pasó a mover todo el planeta, con ruedas y turbinas que literalmente mueven la economía desde sus bases.