Daniel Correa Escribano

UN IMPERIO ETERNO

Un viaje a las sombras

 

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© Daniel Correa Escribano

© Un Imperio eterno. Un viaje a las sombras

 

Enero 2021

 

ISBN: 978-84-685-5490-7

 

Editado por Bubok Publishing S.L.

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Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

 

Maquetación: CaryCar Servicios Editoriales

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Editado en Madrid, para España y toda América Latina

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Índice

C1

—Bien, supongo que tendrá muchas preguntas que hacerme. Lleva tiempo buscándome y por fin me tiene aquí, en la misma habitación.

—¿Cómo puedo llamarle? Durante mi investigación he podido comprobar que le han dado un sinfín de nombres.

—Lucius, puede llamarme Lucius si lo desea, este es mi verdadero nombre.

—Tiene un extraño acento. ¿De dónde es?

—Soy romano.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí?

—¿Aquí… en Madrid, se refiere?

—Sí.

—Dentro de dos días se cumplirán diez años, ya echo de menos mi hogar, pero ser cazador es una obligación para los romanos, y un honor.

—¿Por qué ahora?, ¿por qué se ha decidido a ponerse en contacto conmigo? Sabe que llevo detrás de usted muchos años. He pagado un precio muy alto. Mi matrimonio, mi carrera, soy el hazmerreír de mis compañeros.

—Precisamente ese es el motivo por el que le he elegido, para contar mi historia, la historia de mi pueblo, del pueblo romano. Su tenacidad es admirable, no es nada fácil seguirme los pasos y usted siempre se las ha ingeniado para estar cerca, a tan solo minutos de mí. Debo felicitarle y por ello hemos decidido que es usted quien debe abrirnos al mundo.

—¿Ha dicho que es un cazador?

—Sí, todos los romanos somos cazadores. Durante diez años una generación es enviada a un rincón del mundo, a cazar.

— ¿Cazar? ¿Y qué cazan?

—Monstruos, señor Ruiz, seres antiguos, seres oscuros, que se esconden en las entrañas de la tierra, en el fondo de un espeso bosque o aquí entre nosotros. Llevamos siglos cazándolos, cientos de generaciones.

—Así que monstruos, ¿así es como ve a los cientos de personas que ha asesinado durante tantos años?

—No son personas, señor Ruiz, o al menos no del tipo de personas al que usted se refiere. Algunos les sirven con una maldad que ha conseguido corromperles hasta las entrañas, aunque la mayoría son simples disfraces que les ocultan de vuestras miradas, de su verdadero ser.

La brisa primaveral entraba por la ventana de aquella habitación tenuemente iluminada, Óscar sentía cómo el sudor resbalaba por su cuello y cómo al contacto del aire se convertía en escalofríos que le estremecían hasta lo más profundo de su ser. Se sentía en una situación extrema en aquella habitación de aquel hotelucho de la Gran Vía en compañía de quien decían era el asesino más mortífero de todos los tiempos.

Llevaba más de ocho años detrás de él siguiéndole los talones, pero jamás se imaginó en una posición semejante, estar a solas con él. Se debatía entre estar asustado o emocionado, no sabía qué sentir, no se lo imaginaba así; apenas tendría treinta años, eso significa que, si era cierto que era un asesino, había empezado a matar con veinte años. No podía creerlo, su cara transmitía tranquilidad y su voz aterciopelada hacía sentirle relajado, protegido, no era como creería que se sentiría delante de un asesino en serie.

Tenía la certeza de que aquel hombre, de una forma u otra, sería diferente a los demás, pero jamás imaginó que sería romano. ¿A qué se refería con querer contar su historia, la historia de su pueblo, de Roma?

—De modo que no son personas. Son monstruos disfrazados, o tal vez monstruos capaces de cambiar de forma.

—No se burle, señor Ruiz. Hay seres mucho más antiguos que vosotros ahí fuera, les servís de alimento. Viven ocultos al mundo igual que nosotros.

—Pero vosotros, si se refiere a los romanos, no viven ocultos al mundo, todos conocemos su existencia. Es cierto que son muy reservados y que no dejan que nadie se acerque a su isla y mucho menos pisarla.

Aquel hombre se acercó a la ventana y la cerró, empezaba a hacer frío y su compañía no paraba de dar respingones en la silla.

—El misterio no reside en nuestra existencia, señor Ruiz sino en lo que hacemos y en por qué lo hacemos. Usted es inteligente y tiene curiosidad, algo básico para su profesión. ¿Nunca ha reparado en cuánta gente desaparece al cabo de un año en todo el mundo? Se esfuman sin dejar ni rastro. Seguro que alguna vez se habrá preguntado dónde ha ido a parar tanta gente.

—De modo que nos protegen.

—No exactamente, procuramos manteneros a salvo. Investigamos todas las desapariciones y acabamos con el ser que las haya causado.

—Y ¿qué quiere de mí exactamente? Si no me equivoco, se va en dos días a su querida Roma.

—No es lo que yo quiera, señor Ruiz, es lo que me han ordenado.

—¿Y qué debe hacer?

—Debo llevarle a Roma conmigo, como mi invitado. Sí, señor Ruiz, va usted a pisar Roma, como ha acertado a decir antes muy pocos no romanos han pisado suelo imperial, es afortunado. Allí descubrirá que no todo lo que ha aprendido en los libros es necesariamente real.

Sin más, aquel hombre, aquel cazador romano, se levantó y salió de la habitación, no sin antes avisarle de que tuviera todo listo, en un par de días le recogería para emprender el viaje, el viaje de su vida, un viaje hacia lo desconocido hacia tierras que no habían sido documentadas desde hacía cientos de decenas de siglos.

Repasó en su mente lo que sabía de Roma: el viejo imperio se había reducido a tres grandes islas del Mediterráneo entre España e Italia, y la antigua capital de su antaño gran imperio, Roma, era una ciudad estado, donde recibían a las autoridades mundiales. Aunque lo intentó no consiguió recordar el nombre de las tres islas.

Cuando el imperio se deshizo a causa de los sucesivos ataques de las tribus bárbaras del norte, sus últimas legiones se refugiaron en las islas y defendieron la capital del imperio de las hordas enemigas. Después de años de asedio y una gran cantidad de sangre derramada, lo que quedaba de Roma consiguió resistir y debilitar tanto a su enemigo que no tuvo más remedio que firmar una paz que a decir verdad no fue duradera. A causa de aquello evolucionaron de una forma desmedida y desde entonces vivieron a espaldas del mundo, desconectados y autosuficientes, celosos de su historia y su forma de vida. Hasta ahora.

 

 

C2

Pasaron dos días y no podía olvidar aquellos ojos azules, penetrantes, clavándose en sus pupilas. Eran las cuatro de la mañana y su décimo cigarrillo en una hora, no se consideraba fumador, solo, como suelen decir aquellos que se niegan admitir que lo son, se decía que era fumador social, y esta espera le estaba atacando los nervios.

No podía expresar cómo se sentía: en su interior se gestaba una batalla entre si fue real o solo un sueño. Apenas recordaba cómo llegó a su casa, tan solo sabía que paró en todos los bares que encontró de camino para hacer frente a lo que había sucedido en aquella habitación. Había estado con unos de los asesinos en serie más sanguinarios que hayan existido y había salido ileso, no solo eso, había salido con una invitación. Estaba aterrorizado, pero por extraño que pareciera, durante esos dos días algo estaba creciendo dentro de él, una necesidad de saber, de conocer la verdadera historia.

Apagó el que se juró sería su último cigarrillo, al menos hasta el siguiente, y se decidió a escribir una carta a quien sin ninguna duda dentro de poco sería su exmujer. Ella no soportó sus continuos fracasos, ni su obsesión por este caso, pero por fin había dado con algo. Aún no sabía dónde le llevaría ni cómo saldría de todo aquello, pero tenía que compartirlo con ella, darle una razón para que siguiera creyendo en él y pedirle perdón.

Seguía lloviendo, no había parado de llover durante toda la noche, aquel día sería frío. Hizo la maleta sin saber qué metía en ella ni siquiera sabía si vendría, aún creía que todo aquello no era más que una broma de ese cabrón de Armando, disfruta haciendo leña del árbol caído y su situación profesional no podía caer más; él fue buena causa de aquello, destrozando y tergiversando todo su trabajo.

—Buenos días, señor Ruiz, ¿tiene todo listo?

El corazón casi se le sale del pecho cuando entró en el salón y descubrió su figura sentada en el sofá, con aquella sonrisa blanca y su traje de seda azul. No supo qué decir; se quedó completamente paralizado. No podía dejar de pensar en cuántas de sus víctimas se vieron así, sorprendidas por aquel hombre. ¿Cómo habría entrado? Tenía todo cerrado, o al menos eso creía.

—Veo que tiene una Nikon D5200, muy buena cámara, muy ligera; aunque yo prefiero la Canon EOS 6D.

—Es a todo lo que llegaba mi presupuesto —titubeó Óscar—. ¿Cómo ha entrado?

—Por la puerta, por dónde si no. Podrá llevar cámara de fotos, pero nada de vídeo, ¿de acuerdo? —Óscar asintió con la cabeza y con la boca abierta—. Bien, ¿tiene su equipaje listo? No hace falta que eche mucha ropa, solo lo esencial. Allí le proporcionaremos todo lo que necesite, es mejor viajar ligero, además en Roma se sentirá más integrado si viste como nosotros. Como ya le dije, se hospedará en mi casa. Está en isla de Equus, es la que está más al norte.

—Equus significa caballo en latín, ¿verdad?

—Sí, señor Ruiz, nuestra isla venera al caballo y nos dedicamos básicamente a la cría del mismo, todo romano tiene un caballo de la isla de Equus.

—Si voy a ser su invitado creo que deberíamos empezar a tutearnos, ¿no cree? Llámeme Óscar, por favor.

—De acuerdo, Óscar. Pues si tienes todo listo, lo mejor será que nos vayamos ya. Tenemos un largo viaje hasta Barcelona. Eso no será más que el inicio de su aventura. Sígueme, por favor.

 

Diario

Y sin más salimos por la puerta camino de aquella supuesta aventura con aquel hombre misterioso. Mi corazón no podía dejar de palpitar cada vez con más fuerza, tenía que tranquilizarme y relajarme, afrontar aquel viaje que empezaría en la estación de Atocha y quién sabe cuánto duraría.

Cada vez que paso por aquellas puertas y entro en los jardines de la estación vienen a mí aquellas tardes de domingo, jugando con mi hermano y desesperando a mi padre. Hace tiempo que no les llamo, no les veo desde Navidad y de eso hace ya cuatro meses. Quería haberles llamado antes de salir, pero no he tenido valor. Me engaño a mí mismo diciéndome que no lo he hecho para no preocuparles, pero no es así; desde la muerte de mamá todo ha cambiado: ella era el vínculo que nos unía y sin ella no sabemos estar juntos, sin un árbitro que ponga fin a nuestras eternas discusiones. Quizás tengan razón y no sepa tomar las decisiones adecuadas, no hay más que mirarme, a punto de coger un tren a Barcelona y luego quién sabe adónde, con quien sé que es un asesino en serie y que no muestra ningún tipo de arrepentimiento, es más, catalogó a sus víctimas de monstruos, quizás sea verdad que estoy perdiendo la cabeza, que este caso me ha sobrepasado, pero la sola idea de poder pisar Roma embriaga a cualquiera, descubrir sus secretos, sus ciudades, su cultura…

Aquella misma noche

—Óscar, venga, date prisa, es por aquí.

—¿Qué debemos buscar, el andén 9 3/4?

—Muy gracioso; venga, date prisa, que llegamos tarde.

Tuvieron que salir a la carrera hasta el andén 5, donde les esperaba el AVE que les llevaría a Barcelona. No es tan mágico como se había imaginado. Se sentaron en sus asientos de turista; cerró los ojos, respiró profundamente, se preparó para la que sin ninguna duda sería la aventura de su vida. O al menos eso esperaba.

Sin darse cuenta se quedó completamente dormido en su asiento; fue como si hubiera perdido toda la presión que acarreaba los últimos días y se hubiera rendido al placer de un sueño reparador.

El aviso de llegada le despertó; aún era de día, aunque bien entrada la tarde; debían de ser sobre las siete y media, con las prisas se dejó el reloj en casa y una de las muchas condiciones que le puso Lucius fue no llevar móvil.

Lucius parecía pensativo, no se atrevió a preguntarle, aún no estaba seguro de si debía confiar en él, pero no le queda más remedio si quería ir a Roma.

—¿Cuál es el plan, Lucius?

—Ahora debemos esperar. Solo hay una forma de ir a Roma y es en uno de nuestros barcos.

—¿Hasta cuándo debemos esperar?

—Mañana llegará el Esturión al puerto de Pineda del Mar. Alquilaremos un coche y pasaremos la noche allí. Mañana por la mañana embarcaremos rumbo a Equus. Allí podremos descansar y hablar tranquilamente. Explicarte el porqué de este viaje y lo que esperamos de ti.

—¿No puedes adelantarme nada?

—No es seguro, Óscar, es mejor que esperemos a cuando lleguemos a mi hogar. Solo puedo decirte que queremos que escribas un libro. Bien, antes de nada, ten.

—¿Qué es esto?

—Es tu nuevo DNI, es por precaución, no queremos que nos sigan los pasos. A partir de ahora tu nombre es Mario Sanz, y somos hermanos. Yo alquilaré el coche; tú, solo asiente.

Cuando llegaron al mostrador de Rent a car se sorprendió de la capacidad de invención de Lucius. Seguro que no era el primer papel que interpreta, ni su primer DNI falso. En ese momento comprendió por qué era tan difícil de ver un romano lejos de Roma. Se esconden tras identidades falsas para poder pasar desapercibidos. Pero, ¿por qué? Lucius, a pesar de ser unos de los hombres más buscados en Europa, había conseguido que la policía no conociera su verdadera identidad ni su aspecto físico, no tenían ni una foto suya. Aquella era una de las muchas preguntas que se apuntó mentalmente aquella noche.

 

Diario

Hemos llegado a Pineda del Mar a las nueve de la noche. Hemos dejado el coche y nos hemos instalado en un hostal cerca del puerto. No está siendo un viaje a todo lujo. Según Lucius así es mejor, es más fácil esconderse entre la gente que en una suite de hotel. Me ha repetido varias veces que debemos pasar desapercibidos.

Tumbado en la cama por fin tengo un momento de tranquilidad, aunque no dejo de darle vueltas: por qué tanto misterio, por qué yo también tuve que usar un DNI falso. Después de un rato recordé algo a lo que no le había dado importancia: el revisor que me picó el billete me llamó Mario; yo lo dejé correr, pero ¿por qué no me dijo entonces Lucius lo del carnet falso?, ¿creería que me echaría atrás al ver tanto misterio? No lo sé. Otra pregunta más a mi bloc mental. Ahora será mejor que me asee un poco antes de bajar a cenar.

 

C3

Diario

Esta mañana el olor a mar se coló por la ventana, siempre me ha parecido la mejor forma de despertarse. Es temprano, apenas hace media hora que ha amanecido. Sigo escribiendo en este cuaderno; he decidido escribir un diario de viaje donde apuntar unas notas de los sucesos que me acompañen durante este viaje y donde volcar también todas las preguntas pendientes por hacer: apenas me queda espacio en la memoria.

Anoche, en la cena, Lucius no quiso adelantarme nada sobre qué tipo de libro quería que escribiera; me dijo que era otra persona quien debía hablarme de ello, que él no estaba autorizado; a esta gente le encanta el misterio, espero que una vez en Roma dejen este rollo porque es frustrante que te den migajas de información y tener que conformarte solo con eso.

Son las ocho, será mejor que baje a desayunar: he quedado con Lucius en el comedor, y para ellos la puntualidad es asunto de estado.

 

En el comedor el aroma a café recién hecho lo envolvía todo. Era un hostal pequeño decorado como no podía ser de otra forma con motivos de pesca, con paredes blancas que adquirían diversos colores con la luz de la mañana. En una esquina al fondo estaba Lucius disfrutando de una taza de café. Óscar se acercó vacilante, no quería molestar, aún no sabía qué humor se gastaba por las mañanas y prefirió ser cauto.

—Buenos días.

—Buenos días Óscar. Siéntate, por favor; te recomiendo el café, está excelente; y la mermelada de melocotón la hacen ellos mismos, deliciosa.

Óscar se sentó frente a él. No podía dejar de pensar lo cómodo que se sentía con aquel hombre, como si ya fuera un amigo fiel, alguien en quien confiara completamente, y acaso no era así, desde hacía dos días se dejaba llevar completamente. Él pensaba que eran sus ganas de aventura las que le hacían superar el miedo, pero, ¿y si no fuera así, y sin darse cuenta estuviera naciendo una amistad? Eso es algo que solo el tiempo diría.

—¿Se sabe algo del Esturión?

—Llegó con el alba, está fondeado a una milla del puerto, aún tenemos tiempo; están descargando la mercancía de las bodegas.

Aunque Roma vivía aislada del resto del mundo, comerciaba con algunos países del Mediterráneo, entre ellos España. Según le explicó Lucius, en Roma no dan valor al dinero y realizan un tipo de trueque de varios productos. Cambian cacao y café por su artesanía, muy apreciada en todo el mundo que, como siempre cuando algo procede de un lugar exótico y misterioso, adquiere de inmediato un éxito de deseo en la gente.

Subió a su habitación para recoger las pocas pertenencias que le estaba permitido llevar, un par de mudas, su documentación y su cámara de fotos, lo metió todo en su bolsa y se dispuso a salir de su habitación cuando sorprendió a Lucius en el pasillo, discutiendo con otro hombre mayor que él.

—¿Todo bien? —preguntó sin mucha convicción.

—¿Es él, este es el periodista?

—Sí, este es —contestó Lucius con una sonrisa en la boca—. Ven, Óscar, quiero presentarte a Manius, es el capitán del Esturión.

—Encantado de conocerte, Manius. —Óscar adelantó su mano en forma de saludo. Vio lo que le pareció un titubeo en aquel robusto hombre, pero con un rápido movimiento que le sorprendió, Manius le cogió el antebrazo a modo de saludo.

—Bueno, es deseo del emperador y del Senado tu presencia en Roma, supongo que alguien habrá visto algo en ti.

Sin mediar más palabras, Manius se fue, solo se despidió de Lucius con un leve movimiento de cabeza.

—¿Por qué discutíais?

—Manius no entiende el porqué de tu presencia en Roma. Además, serás el primer no romano en embarcar en el Esturión. Muchos cambios seguidos para un viejo lobo de mar.

—Entiendo. ¿Qué ha querido decir con que el emperador y el Senado habrán visto algo en mí? ¿Habéis estado espiándome?

—Llevas ocho años detrás de mí. ¿Te sorprende que también hayamos seguido tus pasos?

—No, supongo que no; pero, ¿a qué se refería con que han visto algo en mí?

—Como ya te dije, seguiste con tu investigación a pesar de los fracasos profesionales, los sacrificios personales, las mofas de tus compañeros… y eso es algo que valoramos. Supongo que habrán visto en ti el tesón, la energía de quien nunca se rinde a pesar de las circunstancias, alguien abierto a conocer nuestra cultura y darla a conocer al resto del mundo.

—¿Por qué ahora? Me consta que muchos escritores y periodistas han intentado ponerse en contacto con vosotros. No me digas que soy el elegido y que estabais esperando a que naciera. —Se le escapó a Óscar una leve sonrisa que contagió en seguida a Lucius.

—Son cosas de las que no debemos hablar aquí, Óscar. Hay algo que está despertando, algo que por ahora podemos mantener en secreto, pero que pronto se nos escapará de las manos y no podremos controlar, y deberemos combatirlo abiertamente, a la vista de todos. Antes que eso ocurra queremos poner a todos sobre aviso. Nadie te creerá, pero no podrán decir que no dijimos nada. Ahora, date prisa, Manius no espera.

 

Diario

Salimos del hostal hacia el puerto. Mi cabeza estaba a punto de estallar, apenas tenía espacio para la cantidad de preguntas instintivas que se generaban en mi cerebro, estaba deseando llegar al barco y encontrar un sitio tranquilo donde poder anotarlas en mi blog y descargarlas de mi mente.

 

Lucius y Óscar se dirigieron a una cala cercana al puerto. Cuando Óscar pudo ver al fin el Esturión no pudo reprimir innumerables calificativos difíciles de escribir. El Esturión era un velero de unos veinte metros de eslora, fabricado en nácar y plata. Su reflejo al sol cegaba los ojos. Tenía una línea clásica rica en el detalle, con multitud de relieves de temática marina. A Óscar se le antojaba que no había visto nada más hermoso en la vida.

A bordo del Esturión una mueca de orgullo se dibujó en la cara de Manius al ver la expresión de incredulidad y fascinación de Óscar al subir a la cubierta superior del barco.

—Bienvenido a bordo del Esturión —saludó Manius con voz potente y el pecho henchido de aire. La sombra que producía aquel marino se le antojaba a Óscar inmensa, como la de una montaña.

Manius era un hombre muy robusto, fácilmente superaba los dos metros; tenía cicatrices por los brazos, quién sabe cómo se las produjo, pero seguro que no fueron cortando pescado. Era mayor que Lucius, o al menos eso creía por las canas que se dibujaban en sus trenzas y las finas arrugas de su piel; su forma física era perfecta, a su lado Óscar parecía un niño enclenque, maravillado por todo lo que le rodeaba.

Enseguida dos marineros les condujeron a sus camarotes. Vestían ropas blancas de lino, pantalones y una especie de camisa con detalles azul claro de dejaba ver una parte de su torso.

Si no fuera porque tenían las orejas normales Óscar habría jurado que todos ellos eran elfos. Era increíble la belleza de sus rostros y de sus cuerpos. Tanto los hombres como las mujeres con las que se cruzaron camino a su estancia tenían extraños tatuajes en distintas partes del cuerpo, muchos de ellos tenían un tatuaje que recorría su dedo anular hasta perderse en la muñeca, supuso que el arte del tatuaje forma parte de la cultura romana. Lucius también tenía uno de esos tatuajes que recorría desde su dedo hasta la muñeca, imaginó que simbolizaría algo, en cualquier caso, aquellos símbolos eran el complemento perfecto para sus cuerpos, tan bellos como aquel maravilloso barco. No habían escatimado en el detalle: los pasillos de la cubierta inferior eran de un blanco puro, que contrastaba con los suelos de la cubierta de madera oscura, como las puertas de los camarotes. Uno de los marineros se paró delante de una de esas puertas y la abrió, dejándole paso a Óscar, no sin antes advertirle que estuviera listo en un par de horas: el capitán quería comer con ellos.

Si los pasillos dejaron boquiabierto a Óscar, podéis imaginar su expresión al ver el camarote que le asignaron. A diferencia del resto de lo que había visto del barco, su camarote estaba forrado de maderas nobles y ornamentado con piezas de oro hábilmente labradas. En ese momento se dio cuenta del valor de los objetos con que comerciaban. Realmente los artesanos romanos eran los mejores en su labor.

El espacio disponía de dos ojos de buey por los que se filtraban unos cálidos rayos de luz que iluminaban una cama que se le antojaba demasiado grande. También había una pequeña estufa de hierro fundido para las frías noches de invierno.

Cuando pudo recomponerse, sacó su bloc y se sentó en un pequeño escritorio tallado en madera que estaba bajo unas de las ventanas y empezó a escribir todo tipo de preguntas y anotaciones de aquel viaje. No quería olvidar nada.

Apenas se dio cuenta, enfrascado como estaba en la escritura, pero las dos horas ya habían pasado y casi no se había aseado en todo el día. Rápidamente se quitó la camisa, y se disponía a coger una de la mochila cuando reparó en un armario junto a la puerta que no había visto al entrar. Lo abrió y encontró un traje igual al que había visto que llevaban los marineros.

Terminaba de atarse los cordones cuando aquel marinero llamó a su puerta.

—Adelante.

—Señor, es la hora: el capitán espera.

—Un segundo, ya estoy. —Óscar se levantó de la cama y salió de la habitación detrás de aquel marinero del que ni siquiera conocía su nombre. Iba a preguntárselo cuando de improviso Lucius salió de un camarote contiguo al suyo.

—Hola, Óscar, ¿tienes apetito?

—La verdad es que sí, no he comido nada desde el desayuno.

—Te dije que comieras una tostada en el hotel, la mermelada estaba deliciosa. Me he traído un par de botes, luego te daré uno.

—Gracias.

Pasaron por varios pasillos hasta llegar a dos puertas de madera y cristal, todo ricamente decorado. El salón era bastante grande, no estaba forrado de madera como su camarote, estaba forrado de mármol serpenteado con innumerables formas de oro creando distintas figuras. Había una gran chimenea al fondo de la sala. Sin duda con tanto mármol aquella estancia debía de ser muy fría en invierno.

En una esquina estaba sentado Manius, solo, les estaba esperando; se levantó y les invitó a sentarse con él a la mesa.

Al momento, varios marineros trajeron platos con todo tipo de comida, pero sobre todo pescado y verduras. Aquello parecía un festín, Óscar no podía dejar de salivar, pero desconocía las costumbres romanas de modo que decidió esperar una invitación.

—Adelante, comamos antes que se enfríe todo.

Se sirvió un poco de todo. Todo tenía una pinta extraordinaria y el olor era embriagador. El pescado y las verduras se deshacían en la boca, cada bocado era una frutopía de sabores.

—Está todo delicioso —comentó Óscar a uno de los marineros. Las carcajadas de Manius retumbaron por todo el barco.

—Muy educado nuestro invitado, ¿no crees, Spirus?

—Sí, capitán —contestó el marinero con una gran sonrisa en su rostro.

Óscar no entendía nada. No creía que hubiera dicho nada tan gracioso. Lucius, al ver la cara de contradicción de Óscar, quiso ponerle en antecedentes.

—Veras, Óscar; en nuestra cultura no es muy común hacer cumplidos. Ya damos por supuesto que la comida está deliciosa. Decir que está deliciosa es haber dudado de ello, lo que has dicho en forma de cumplido no lo ha sido en absoluto, por eso tiene tanta gracia. Tranquilo, te acostumbrarás. Más te vale que el cocinero no se entere.

Óscar quiso disculparse, pero prefirió cerrar la boca no fuera a ser que metiera la pata otra vez; así que fijó sus ojos en el plato y siguió comiendo.

 

C4

Finales de abril

Amanecía sobre el Mediterráneo, Óscar subió a cubierta para poder disfrutar de un amanecer en el mar. Era increíble la cantidad de colores que reflejaba el barco con aquella luz. Fotografió el horizonte sin la confianza de poder capturar por completo aquella belleza.

Los marineros se afanaban en desplegar las velas para aprovechar el viento de la mañana, aquí arriba todo estaba movimiento, cada grupo de marineros cumplía una función, formaban parte de una máquina bien engrasada.

Volvió a su camarote, tanta actividad le incomodaba sin tener nada que hacer. Por el camino se encontró con aquel camarero, ¿cómo se llamaba?, Spirus.

—Señor Ruiz, le estaba buscando.

—Estaba en cubierta disfrutando del amanecer y haciendo unas fotos.

—Lucius quiere verle, le está esperando en la biblioteca; por favor, venga conmigo.

Bajaron a la segunda cubierta. Había cientos de libros, todos colocados en estanterías que cubrían toda la pared. También había grandes mesas de madera maciza y sillones de cuero. Sentado en uno de ellos estaba Lucius, disfrutando de un café y leyendo un libro.

—Buenos días, Óscar. ¿Ya has desayunado, quieres algo?

—Un café estaría bien, gracias.

—Por favor, Spirus, ¿podrías traernos un café?

Spirus asintió con la cabeza y con una sonrisa se marchó sin más.

—Ten, Óscar, esto es para ti.

Lucius cogió del suelo un bote sin etiquetas, aunque no hacían falta: Óscar sabía perfectamente qué era.

—Vaya, gracias, mermelada de melocotón. Debí pedirle a Spirus unas tostadas.

—Eso se puede arreglar. —Entonces ocurrió algo que Óscar no entendió muy bien, Lucius se tocó la oreja y fue como si hablara directamente con Spirus.

—Spirus puedes traernos unas tostadas… muchas gracias.

Al ver la expresión de Óscar, Lucius se hurgó en el oído y extrajo un pequeño aparato.

—Es un comunicador, basta con apretarlo y pensar en la persona con quien quieres hablar, de esa forma te pone en contacto directamente; ingenioso, ¿verdad? Es el siguiente paso de vuestros smartphones.

—Parece que estáis más evolucionados que nosotros.

—Vamos un par de pasos por delante, sí. Nosotros no innovamos para ganar dinero, como el resto de las empresas; simplemente evolucionamos según vamos descubriendo. Eso aligera mucho las cosas. No nos anclamos en tablas de beneficios, simplemente hacemos lo que sabemos que es mejor para el bien común. Esa es una de las grandes razones por las que nos aislamos tanto del resto del mundo.

—Una pena, seguro que habríais sido una gran influencia.

—Nosotros siempre hemos puesto a disposición de vuestros gobiernos nuestra tecnología en energías limpias, pero es algo que no les interesaba. Les interesa más nuestra tecnología armamentística.

—Imagino que será otra de las razones de vuestro asilo, evitar que se filtre esa tecnología.

—Sí, es otra de las razones. Verás, Óscar, sabemos que Estados Unidos, Rusia y China han creado organizaciones secretas para intentar descubrir nuestros secretos. Conocen algunas de nuestras identidades falsas, pero no sabemos cuáles, por eso te di esa documentación falsa, si supieran o simplemente sospecharan que has tenido contacto con algunos de nosotros, irían a por ti.

—Entiendo.

—No, no lo entiendes, ya han estado investigándote a causa de tu obsesión por encontrarme, ellos, aunque desconocen mi identidad saben que soy romano y utilizarán cualquier herramienta que crean útil para dar conmigo.

—Pero yo solo te buscaba por los asesinatos. No tenía ni idea de que fueras romano.

—Pero ellos sí sabían que yo era romano. La marca que dejo en la frente de los cuerpos es una marca romana, significa «libérate». Ellos te seguían por si dabas conmigo.

En ese momento llego Spirus con el café y las tostadas. A Óscar le ardía una pregunta en la boca, pero temía hacerla, temía la respuesta. Tuvo que armarse de todo el valor que tenía dentro.

—¿Por qué las mataste? ¿Por qué mataste a tanta gente?

—Te lo dije, Óscar, no son gente, no son personas.

—Venga ya, Lucius, vi los cuerpos, eran personas como tú y como yo.

—Me temo que aún no puedes entenderlo, Óscar. ¿Y si te dijera que hay seres que son puro mal, seres que se esconden entre vosotros, en vuestras ciudades, seres que han evolucionado hasta adquirir vuestro aspecto?

—¿Qué tipo de seres?

—Seres antiguos, seres viles. En esta biblioteca hay libros que hablan de todos ellos. Aún quedan dos días para llegar a Equus. Están a tu disposición, léelos y después hablaremos.

 

C5

Lejos de allí, a finales de abril

La frustración y la impaciencia recorrían una vieja fábrica textil en la ciudad de Des Moines, Iowa. En realidad no era tal sino la base de una agencia secreta estadounidense dedicada al espionaje y al seguimiento de todo lo referente al pueblo romano.

El director de la agencia, John Keterman, no tenía un buen día. Había perdido la pista de un periodista español que se estaba acercando mucho a un legionario, así los llamaban.

En la agencia sabían que tenían varios legionarios escondidos en su país, sospechaban que tenían una base, pero eran escurridizos. También se producían asesinatos misteriosos. Los cuerpos aparecían con heridas de arma blanca y con una marca romana en la frente. Sabían que era una marca romana, pero no sabían lo que significaba.

Había ruinas romanas por toda Europa, África y Asia, del antiguo imperio, y había una gran cantidad de expertos, pero esa marca que ya aparecía en muros de antiguas ciudades se les escapaba.

El Gobierno quería descubrir los avances armamentísticos para adaptarlos a su ejército. Sus agentes habían tenido varios enfrentamientos con legionarios. Estos vestían extrañas armaduras negras que les cubrían completamente e iban armados con dos espadas. Aunque no eran las únicas armas de las que disponían, también arcos, lanzas y una especie de látigos con cabeza de lobo.

Creían que estas armaduras otorgaban al legionario más velocidad, más fuerza y más agilidad, además de una resistencia a cualquier tipo de proyectil, eran prácticamente invencibles, y eso asustaba mucho a los Estados Unidos y a otros países, que se afanaban en crear agencias secretas para descubrir todos sus enigmas.

El director Keterman se dirigía al centro de operaciones de seguimiento que tenían en la base. Del periodista español al que habían perdido la pista sabían que había tenido en un hostal en la Gran Vía madrileña una reunión con un sujeto desconocido. Tenía una orden para detenerle y sacarle toda la información que pudiera de la forma que fuera necesaria. En estos mundos tras las sombras, los derechos humanos no existen, ni las órdenes de detención convencionales, si creen que alguien tiene información se le secuestra y se le exprime hasta que diga todo lo que sepa. Eso sí, con el consentimiento del presidente, que era de las pocas personas que conocían la existencia de la agencia.

—Bien, ¿qué ha ocurrido? —dijo el director Keterman al jefe de equipo de seguimiento.

—Hemos perdido al objetivo de España.

—¿Cómo ha ocurrido?

—No lo sabemos, señor, su última ubicación era en su apartamento. Nos llegó la orden de su detención y procedimos a ejecutarla. Cuando entramos en el apartamento no lo encontramos allí. Había ropa revuelta y varias maletas por el suelo. Creemos que salió a toda prisa.

—¿No tenemos ninguna imagen?

El técnico agachó la cabeza y, temiendo la reacción del director, contestó:

—No, señor, las cámaras están muertas.

El director contuvo su ira, ya habría tiempo de mandar al técnico a Siberia; de momento necesitaba aclarar todo aquello.

—Creemos que le ayudaron a salir sin ser visto.

—¿Que le ayudaron? ¿Quién, y por qué?

—No lo sabemos, señor —contestó el jefe de grupo—. Hemos empezado a barrer todas las cámaras de estaciones de buses, tren y del aeropuerto Alfonso Guerra Barajas. Pronto tendremos algo. Si ha salido de la ciudad, lo sabremos.

—¿Y si ha salido en coche? —replicó el director.

—No nos consta que supiera conducir; además, hemos investigado todos los coches que circularon desde la última cámara operativa hasta la zona de sombra. Todos están localizados en la ciudad, ninguno ha salido.

—¿Cómo es posible que hayamos perdido todas las cámaras de esta zona? ¿Cómo sabían dónde estaban? —gritó el director, esta vez sin reprimir su ira.

—No lo sabemos, señor —se atrevió a decir con media voz el subordinado—. Es posible que se hayan podido colar en nuestro sistema y descubrir que le estábamos haciendo un seguimiento.

La cólera del director estaba a punto de traspasar todo límite conocido para él. Pensaba mandar a aquel estúpido y a todo su equipo al rincón más oscuro que encontrara. Tuvo que salir de aquella sala, sabía que había perdido una ocasión única. Aquel periodista sabía algo, tenía que saber algo. ¿Quién le había ayudado? Tenía que haber sido un legionario. ¿Quién si no? ¿Quién podría saber que estaban detrás de él? ¿Quién podría saber dónde estaban las cámaras? No cabía duda: aquel periodista estaba en contacto con un legionario, y le habían perdido.

 

C6

En algún lugar del Mediterráneo, finales de abril

Óscar estaba fascinado. Apenas había salido de la biblioteca en dos días. Había podido estudiar decenas de libros según los cuales había bestias que vivían escondidas al mundo, algunas completamente, otras solo salían para atrapar algún excursionista perdido y saciar su apetito.

En los montes Urales vivían los karlov. Vivían en cuevas profundas y en bosques espesos. No sabían el número exacto, algo que ocurría con casi todas las criaturas, solo sabían que cazaban excursionistas, habitantes de la zona, incluso militares rusos que hacían maniobras por la zona.

Su aspecto era monstruoso, medirían unos tres metros, cubiertos de pelo y con ojos negros y profundos, supuso que después de todo el yeti sí que existía, aunque le costaba creerlo.

En el desierto del Sahara vivían los maios. Moraban bajo las dunas en pequeños agujeros que ellos mismos construían. Eran seres delgados que vivían en comunidad, de un aspecto espeluznante, completamente blancos, con un solo ojo y una boca circular con infinidad de dientes. Cazaban a sus víctimas y las escondían en sus madrigueras, donde se alimentaban de ellas absorbiendo sus efluvios hasta dejar el cuerpo completamente seco.

Los yunos vivían en las selvas amazónicas, eran pequeños seres que vivían en las raíces de los árboles. En este caso se sabía que su número era elevado, lo que los hacía muy peligrosos. Siempre cazaban en grupos numerosos con venenos extraídos de la naturaleza. Sus presas favoritas eran individuos de las tribus que habitaban el Amazonas. Eran extremadamente sigilosos, su aspecto con esos dientes afilados y pelo espinoso hacía temblar a cualquiera.

Había decenas de seres como estos por todo el mundo, sobre todo en las zonas subdesarrolladas, montañas y bosques.

En los Cárpatos había un sinfín de túneles. En ese lugar habitaban unos seres medio humanos que, como en los casos anteriores, no eran simples animales, poseían una inteligencia y un dialecto, eran seres muy antiguos que habían conseguido vivir sin que nadie reparara en ellos. Habían conseguido llegar a ser mitos de leyendas populares. En estos túneles vivían los fresos, Óscar solo podía describirlos como unos orcos de Mordor. Habitaban los túneles donde componían una sociedad semicompleja. Solo salían para cazar y no lo hacían muy a menudo: se alimentaban de seres oscuros que vivían en lo más profundo de las cuevas, pero si algo apetitoso se acercaba a las lindes de sus puertas no dudaban en atraparlo.

Quizás los seres que más pánico le dieron fueran los arsar. Vivían en las grandes ciudades a la vista de todo el mundo, tenían vidas normales, con trabajos e incluso familias. Habían evolucionado tanto que habían adquirido el mismo aspecto que sus víctimas para pasar desapercibidos. Vivían en comunidades pequeñas y cazaban por todo el país en el que vivieran. Eran la principal preocupación de los romanos, sabían que su número estaba creciendo y que cada vez estaban adquiriendo más poder, pronto dejarían de vivir escondidos. Mostrarían su auténtica forma y someterían a la raza humana. Era un enemigo invisible que vivía entre nosotros alimentándose de nuestras vidas, deseos de una guerra.

Los romanos llevaban siglos cazándolos. Allá donde tuvieran pistas iban, investigaban y cazaban. A eso se dedicaba Lucius. Aún le costaba creer en todo aquello, pero si era verdad cualquiera estaba en peligro. Continuó leyendo, los arsar no son fáciles de matar, parece ser que tienen una fuerza extraordinaria y una gran velocidad, se le antojaba que eran como vampiros. Si los arsar eran reales quizás Bram Stoker se cruzó con ellos y le sirvieron de inspiración, aunque en aquellos libros no decían nada de que les afecte la luz del sol ni el ajo.

Óscar se levantó del sillón tambaleándose, demasiada información en tan pocos días, estaba sobrecogido con todo lo que había descubierto. No podía, más bien no quería creerlo, pero si así fuera le consolaba tener la amistad que estaba consolidando con Lucius. Desde luego, tenía que hablar con él de todo esto, pero no ahora, dejaría pasar unos días para digerir todo lo leído, que aun así era una muy pequeña parte de todo lo que escondía aquella biblioteca y era solo la biblioteca de un barco, no podía imaginar lo que guardarían en otro lugar.

Un sonido extraño alarmó de pronto a Óscar, seguido de unas palabras que no acertó a entender. Spirus se le acercó: durante el viaje Spirus no se separó de él, se le asignó la tarea de atender en exclusiva a Óscar durante el viaje.

—Hemos llegado, pronto desembarcaremos en el puerto de Equus, debería ir a su camarote y organizar su equipaje, Óscar.

Rápidamente Óscar se levantó para seguir el consejo de Spirus, el orden no era una de sus facetas y sabía que tardaría en recoger todo su camarote. Tenía hojas de anotaciones por doquier.

 

C7

El director Keterman estaba perdido en sus pensamientos cuando una llamada le interrumpió. Al parecer había noticias referentes al periodista español, el nuevo equipo comenzaba a dar resultados.

Keterman se dirigía hacia la sala de control cuando se cruzó con el agente Parker y el agente Wallis. Tenían nuevos avances acerca de la operación que llevaban entre manos. Estudiaban la metodología de los legionarios, dónde habían sido vistos más regularmente, si había algún patrón en su forma de actuar… Su misión era encontrar una posible base romana en suelo norteamericano y tenían indicios para creer que habían encontrado algo, pero eso debía esperar, antes tenía que comprobar qué había descubierto el nuevo equipo de vigilancia.

Eran las cinco de la tarde cuando Keterman llegó a la sala de control. Había mucha excitación en el ambiente, parecía que tuvieran algo.

—¿Qué era tan urgente, Smith? —preguntó el director con voz ronca y autoritaria.

—Creo que tenemos algo, director Keterman —contestó Smith con un tono nervioso—. Tenemos una coincidencia del periodista del 80 %, compruébelo usted mismo.

—¿De dónde es esa imagen?

—De la estación de Atocha, en Madrid. Creemos que cogió un tren.

—¿Lo creen? —preguntó el director un tanto irritado; no quería deshacerse de otro equipo de vigilancia, pero la falta de resultados no podía continuar.

—Sí, director, debió de usar una documentación falsa y en los andenes no hay cámaras, señor, no hay forma de saber dónde ha ido, pero tenemos algo. —El técnico amplió una imagen de Óscar en la estación—. Mire, el hombre que le acompaña, creemos que es quien le ayudó a escapar, señor, y mire esto. —El técnico volvió a ampliar la imagen, esta vez sobre la mano de su acompañante—. Mire, señor, el tatuaje; son símbolos romanos, según los expertos se los tatúan cuando se casan.

Aquello consiguió dibujar una mueca de sonrisa en el rostro de Keterman. Por fin tenían algo, nada más y nada menos que el rostro de un legionario; eso era un gran avance, habían puesto rostro al enemigo y el rostro era el de Lucius.

—Buen trabajo, Smith. Sigan en esta línea de investigación, filtren la foto de ese legionario a todos los agentes de campo y a todas nuestras bases. Por el momento dejaremos al FBI y a la CIA fuera de esto. —Keterman era un hombre duro, pero también sabía reconocer el trabajo bien hecho, sabía recompensar a sus subordinados, y sin duda descubrir por fin el rostro de un legionario merecía una recompensa, no le gustaba premiar a sus hombres con alcohol, los quería frescos y al 100 %, prefería usar un buen filete Wellington de 750 gramos con su guarnición. Cuando el resto les vieran comer sin duda les darían la motivación suficiente para que se pusieran las pilas en sus operaciones, aquella era una técnica que Keterman tenía muy depurada.

 

C8

Por lo que le dijeron, el puerto estaba en una pequeña ciudad llamada Equo Albo, situada al noroeste de la isla. Parecía increíble, pero estaba caminando por un puerto romano que no había cambiado prácticamente nada en dos mil años. Era como si de pronto hubiera aterrizado en la antigua Roma.

La ciudad no era muy grande, apenas la habitaban ocho mil personas. Tenía dos grandes avenidas donde confluían calles más estrechas. Óscar no podía cerrar la boca al contemplar la rica arquitectura de los edificios. Palacios milenarios custodiaban toda la calle salpicada por grandes jardines, plazas y edificios públicos. Las calzadas estaban decoradas con suntuosos mosaicos geométricos, salvo en las plazas, donde se representaban alguna escena. Óscar no podía creerlo, pero parecían hechos en oro.

Durante el viaje, Lucius explicó a Óscar que las familias romanas viven juntas en el palacio familiar. Él y su familia vivían en una villa situada al norte de la isla. Donde los caballos podían criarse con espacio y tranquilidad.

—Bienvenido a Equo Albo, Óscar. ¿Qué te parece? —preguntó Lucius, apoyando su mano en el hombro.

—Aún no puedo creerlo, todo esto es como un sueño, Lucius.

Aquel comentario produjo una sonora carcajada en Lucius.

—Bueno, Óscar, nosotros también hemos evolucionado, aunque estos edificios tengan dos mil años no es la misma Roma de entonces.

—Mi latín está muy oxidado, pero creo que Equo Albo significa «caballo blanco».

—Tienes buena memoria, Óscar. Como te dije, en esta isla veneramos a los caballos. Podrás comprobar que en muchos edificios públicos hay relieves que representan escenas de la cría de caballos, la monta o la batalla.

Lucius quiso enseñar la ciudad a Óscar antes de encaminarse a su villa. Le mostró la fabulosa biblioteca de la ciudad donde se guardaban lo más antiguos manuscritos sobre la cría de caballos, además de alguna de las obras literarias más importantes de Roma y del resto del mundo. Aquella no era la biblioteca más importante del imperio, pero eran increíbles las tallas en madera y piedra de las diferentes salas.

Como en el mundo antiguo, los ciudadanos de Equo Albo podían disfrutar de termas, teatro y de un pequeño coliseo situado en el centro de la ciudad. Lucius explico a Óscar que ya no había luchas a muerte de gladiadores, pero Roma era un pueblo guerrero y adoraba la representación de batallas o de un buen combate.

Por supuesto, hace siglos que se abolió la esclavitud en Roma. Todo romano tiene los mismos derechos, ninguno está por encima de nadie, ni tan siquiera el emperador. Lucius le comentó que cualquier ciudadano era libre de combatir en el coliseo, que era un honor. Caminando por una calle estrecha desembocaron en una pequeña plaza con un foso de arena rodeado por una columnata. En él había dos hombres luchando a espada. Ambos lucían cortes y sangraban. Óscar se quedó petrificado, no sabía muy bien qué decir.

—Veo que aún no dominas la guardia, Aulus.

Los dos contrincantes pararon. Estaban semidesnudos, tan solo vestían una especie de falda de cuero que les llegaba por la mitad del muslo, unas botas de cuero, unas muñequeras de cobre, se le antojo a Óscar, y unos cascos que les cubrían por entero la cabeza. La seguridad, ante todo, pensó Óscar.

Los dos guerreros salieron del foso y se quitaron los cascos.

—Vaya, vaya, mira lo que ha traído el perro, hermano —dijo uno de ellos con una sonrisa.

—Tendremos que enseñarle a que no nos traiga animalitos asustados —completó el otro guerrero.

Los tres estallaron en sonoras carcajadas y se abrazaron efusivamente.