Portada: Matilda. La niñera mágica. Christianna Brand
Portadilla: Matilda. La niñera mágica. Christianna Brand

 

Edición en formato digital: enero de 2021

 

Título original: The Collected Tales of Nurse Matilda (Nurse Matilda; Nurse Matilda goes to town; Nurse Matilda goes hospital)

© 1964, 1967, 1974, 2005 Christianna Brand

Ilustraciones de interior y de cubierta

© Edward Ardizzone, 1964, 1967, 1974, 2005

© De la traducción, Sara Cano

© Ediciones Siruela, S. A., 2021

 

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Ediciones Siruela, S. A.

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

www.siruela.com

 

ISBN: 978-84-18436-77-2

 

Conversión a formato digital: María Belloso

Índice

LA NIÑERA MATILDA

LA NIÑERA MATILDA EN LA CIUDAD

LA NIÑERA MATILDA EN EL HOSPITAL

LA NIÑERA MATILDA

 

Para Tora... y para nuestra Hilde,

con amor

Capítulo 1

Hace mucho mucho tiempo hubo una familia con un buen montón de niños. Unos niños, por cierto, muy traviesos. En aquella época, las madres y los padres solían formar familias más numerosas que las de hoy en día, y a menudo sus hijos e hijas resultaban ser de lo más traviesos. Esos padres y madres necesitaban toda clase de nodrizas, niñeras e institutrices, que solían ser francesas o alemanas, para cuidar de sus traviesos niños. En ocasiones también había una pobre sirvienta, delgaducha y pequeñaja, que se encargaba de asistir en lo posible a las nodrizas, institutrices y niñeras...

La familia de la que os hablo parecía tener muchos más niños, además de mucho más traviesos, que ninguna otra. Tantos niños tenía que ni siquiera alcanzo a deciros sus nombres. Prefiero que los vayáis contando a medida que avanza esta historia, a ver si sois capaces de averiguar cuántos había en total, pues incluso sus progenitores tendían a ordenarlos por grupos cuando pensaban en ellos. Por un lado, estaban los Mayores, luego los Medianos, los Pequeños y, por último, los Más Pequeños. Y, por supuesto, el Bebé. Este no dejaba de ser un ejemplar de lo más extraordinario. Tenía las rollizas piernecitas siempre arqueadas y un pañal que tendía a resbalársele hasta las rodillas gordotas y rosadas. Sin embargo, el Bebé siempre seguía el ritmo de los demás niños hasta apurar la última gota de sus fuerzas. Asimismo, era capaz de hablar un curioso idioma de invención propia.

Aparte de los elementos ya citados, también estaba el Bebé Diminuto, pero este era tan pequeño que aún no había tenido oportunidad de ser travieso, hecho que lo convertía en bastante aburrido y poco digno de mención.

Los niños tenían dos perros. En concreto, dos perros salchicha. Uno era de tono tostado, lo cual le había granjeado el nombre de Azúcar Moreno o Azúcar de Cebada, o incluso, a veces, Azúcar de Caña. En cualquier caso, quedémonos con Azúcar para abreviar. La otra perra salchicha, pues se trataba de una hembra, era diminuta, negra y de piel tan reluciente como la de una foca. Llevaba el nombre de Pimienta.

El nivel que alcanzaban las travesuras de estos niños rozaba casi lo increíble. No había semana en la que o bien la niñera rolliza o una de las dos estiradas nodrizas o la institutriz francesa o hasta la sirvienta delgaducha no presentasen oficialmente su renuncia y tuviesen que ser reemplazadas por otra niñera rolliza, o bien otra nodriza estirada, otra institutriz foránea u otra sirvienta delgaducha y pequeñaja. Sin embargo, llegó el día en que todas ellas presentaron oficialmente su renuncia a la vez. Todas se pusieron en movimiento como una sola asistenta y marcharon rumbo al salón principal para anunciar al unísono:

—Señor y señora Brown —pues así se llamaban el padre y la madre de los niños—, sus hijos son tan traviesos que no podemos aguantarlos ni un minuto más. Nos vamos.

La señora Brown era una mujer muy dulce, incapaz de creer que sus hijos fuesen de verdad tan traviesos. Abrió mucho los ojos y dijo:

—¡Válgame el cielo! ¿Qué es lo que han hecho ahora?

Y todas empezaron a enumerar:

—La señorita Tora le ha cortado una trenza a la señorita Susie...

—... y el señorito David ha hecho una barba con ella. Se la ha pegado a la señorita Charlotte en la cara.

—El señoguitó Simon le ha puestó al peggó salchichá mi sombgregó paguisién y lo ha sacadó de paseó.

—La señorita Helen ha echado sirope dentro de todas las botas de agua...

—La señorita Stephanie ha rallado jabón como si fuera queso, y ahora la cena de la pobre cocinera Fogón no deja de echar espuma...

—Y los demás niños se dedican a hacer todo tipo de cosas igual de horribles...

—A quien ustedes necesitan —añadieron todas, de nuevo al unísono— es a la Niñera Matilda.

Y con esto giraron sobre sus talones y abandonaron el salón al paso, camino a sus respectivas habitaciones para echar mano de las maletas. Acto seguido, se metieron en dos carricoches y se marcharon.

Lamento decir que a los niños no les importó lo más mínimo. Mientras todo esto ocurría en el salón principal, ellos se habían dedicado a intercambiar el contenido de las maletas. Ahora no podían dejar de pensar en la mañana siguiente, cuando la rolliza niñera intentase embutirse en los vestidos de la sirvienta delgaducha y pequeñaja, o en el aspecto que tendrían las estiradas nodrizas cuando se pusieran los sombgregós paguisién de Mademoiselle.

—Válgame el cielo —suspiraron a la vez el señor y la señora Brown—. Tendremos que contratar un contingente nuevo de niñeras, institutrices y nodrizas.

Así pues, llamaron a un coche y se dirigieron a la Agencia. La Agencia, por desgracia, mostró reparos, puesto que ya había enviado una cantidad impresionante de institutrices, niñeras y nodrizas con la familia del señor y la señora Brown.

—A quien ustedes necesitan —les dijeron en la Agencia— es a la Niñera Matilda.

—Me temo que no conocemos a ninguna Niñera Matilda —dijeron el señor y la señora Brown.

Por tanto, la Agencia aceptó a regañadientes enviar una nueva remesa de trabajadoras junto a la familia Brown.

El lunes, un carricoche se detuvo frente al portón de la casa. De él salieron en tromba una nueva niñera rolliza, una nueva institutriz y dos nuevas y estiradas nodrizas; así como una nueva sirvienta, cuyo cometido, como no podía ser de otra manera, era asistirlas a todas ellas. El señor y la señora Brown salieron a toda prisa del salón principal y se acercaron al portón, armados con cálidas sonrisas de bienvenida. Cuál no sería su sorpresa al atisbar que apenas la pierna delgaducha de la sirvienta asomaba volvía a desaparecer dentro del carricoche, donde las otras la metieron a tirones. Del nuevo contingente, solo alcanzaron a contemplar cinco rostros demudados por el terror que alzaban la mirada mientras el carruaje se alejaba a toda velocidad camino abajo. El señor y la señora Brown se acercaron entonces al camino de entrada a la casa y alzaron a su vez la vista.

En cada una de las ventanas de la casa, con excepción de las del salón principal, podía verse a los niños repartidos en varios grupos. Con los pelos de punta y las caras retorcidas en muecas horribles, todos agitaban los brazos y se contorsionaban arriba, abajo y en todas direcciones, a todas luces víctimas de la mayor de las demencias.

—¡Mis niños! —jadeó la señora Brown—. ¡Mis pobres, queridos, amantísimos niños! Los perros deben de haber contraído la rabia y los han mordido... ¡y ahora ellos también están rabiosos!

—¡La rabia! —gimió el señor Brown.

—¡Hidrofobia! —gimió la señora Brown.

—¡Delirios! —gimió el señor Brown.

—¡Espuma en la boca! —gimió la señora Brown.

—Aunque en realidad parece que no —dijo el señor Brown. Se calmó un poco y miró a los niños, en cuyos rostros era patente una ausencia total de espuma. Luego contempló a los perros, que habían perseguido un poco al carruaje con un alegre correteo, y añadió—: Y estos dos tampoco.

Dicho lo cual, se quedó muy pensativo.

La señora Brown, por su parte, corría ya escaleras arriba. La realidad era que, por más dulce que fuera, la señora Brown también era muy ingenua en lo tocante a sus pequeños, pobrecitos y queridísimos niños. Por supuesto, ningún perro había mordido a sus pequeños, pobrecitos y queridísimos niños, y por supuesto tampoco tenían la rabia.

Así pues, el señor y la señora Brown volvieron a llamar a un carruaje y a dirigirse a la Agencia.

La Agencia, dicho sea de paso, se mostró de lo más molesta con la situación.

—Hagan el favor de contratar a la Niñera Matilda —les dijeron.

—Pero es que no conocemos a ninguna Niñera Matilda —dijeron el señor y la señora Brown.

—Está bien. Pero es la ultimísima vez —dijeron en la Agencia.

—De acuerdo, muchas gracias —dijeron el señor y la señora Brown, y volvieron a casa, esperanzados. Al menos la señora Brown iba bien servida de esperanza. En cuanto al señor Brown..., no lo tengo tan claro.

Resulta que el señor y la señora Brown tuvieron que ausentarse al día siguiente. O eso le dijeron al mayordomo, un hombre alto, triste y muy digno llamado Largo, dado a tener certezas sin argumentos que las justificasen.

—Largo, si llegan las nuevas cuidadoras, deles por favor una cálida bienvenida y llévelas al piso de arriba, al aula, para que conozcan a los niños.

—Sí, señor. Sí, señora —dijo Largo, aunque pensó para sí mismo: «¿A eso le llaman ustedes una bienvenida cálida?».

En aquel preciso instante estaba experimentando una certeza sin argumento que la justificase, y era la siguiente: el señor y la señora Brown habían cometido el error de confesarles a los niños su preocupación por el hecho de que los hubieran mordido perros rabiosos y de que hubiesen contraído la rabia como consecuencia.

Sin embargo, al señor y la señora Brown aquello ni siquiera se les había ocurrido. Allá que se fueron, tan tranquilamente, y al volver se dijeron el uno a la otra con la mayor de las calmas:

—Hemos regresado antes de lo esperado. Quizá tengamos tiempo de conocer al nuevo personal, a fin de cuentas.

Y sí que estaban a tiempo... en cierto modo. El nuevo personal salió en tromba por el portón principal en el mismo momento en que el carruaje del señor y la señora Brown se acercaba a la entrada. Avanzaban a trompicones camino abajo, presas del mayor de los desconciertos. Las guiaba la institutriz, que en esta ocasión era alemana, que iba gritando:

—Hilfe! Hilfe! Die Hunde sind verrückt!

A su paso, una niñera rolliza anadeaba con pasos frenéticos, mientras bufaba:

—¡Ay, mi pobre corazón!

Y, tras ella, las dos nodrizas estiradas se abrían paso a empellones al tiempo que ululaban:

—¡Abran paso! ¡Abran paso!

La sirvienta delgaducha y pequeñaja pasó a la carrera entre todas ellas como un chico que pedalease en bicicleta en medio del tráfico, sin dejar de chillar:

—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

Las cinco se lanzaron al trote hacia abajo más allá de las puertas de la casa. Para horror del señor y la señora Brown, a sus espaldas aparecieron dos pequeñas criaturas, una marrón y una negra, con las caras cubiertas por una capa de espuma de afeitar mezclada con salsa de tomate. Ambas echaron a correr entre ladridos estridentes en pos de las asistentas, tanto que alguna se llevó uno o dos mordisquitos en los talones. Mientras esto sucedía, los niños, al fondo, no dejaban de saltar, bailar y gritar:

—¡Corran! ¡Corran por sus vidas! ¡No dejen que las muerdan! ¡Están rabiosos...!

Así pues, al día siguiente, el señor y la señora Brown llamaron a un carruaje y se dirigieron a la Agencia. Ni siquiera esperaron a que en la Agencia les dijeran nada. Lo que hicieron fue preguntar a bocajarro:

—¿Podrían ustedes buscarnos a la Niñera Matilda?

—No, no podemos —se limitaron a responder en la Agencia, pues ya se habían enterado de lo que había sucedido con la institutriz alemana, las nodrizas, la niñera y la sirvienta delgaducha y pequeñaja. Bastante escándalo habían formado todas ellas al atravesar la ciudad entera camino a la clínica antihidrofobia. Así que en la Agencia añadieron, tajantes—: Y ya no tenemos a nadie más en la agenda.

—¡Ay, válgame el cielo! —dijeron el señor y la señora Brown. Volvieron a subirse a su carruaje y se dirigieron a otra agencia.

Y luego a otra agencia...

Y luego a otra agencia...

Mas no sirvió de nada. A esas alturas, todas las agencias habían oído hablar de los niños del señor y la señora Brown, así que lo que hicieron fue cerrarles la puerta en la cara y observarlos a través de una rendijita y aconsejarles con insistencia que contratasen a la Niñera Matilda.

—Ya nos gustaría —suspiraron los pobres señor y señora Brown al final de aquel largo día, después de volver a casa y desprenderse de sus abrigos en el recibidor.

Mientras pronunciaban aquellas palabras, he aquí que sonaron unos golpecitos en la puerta. Allí se encontraba una figura pequeña y fornida, embutida en un rancio vestido negro. La figura dijo:

—Buenas noches, señor y señora Brown. Soy la Niñera Matilda.

¡Vaya!

Era muy fea. De hecho, ¡era la persona más fea que cualquiera hubiese visto en su vida! Su pelo era un raspón apretado en un moño que le abultaba en la parte de atrás de la cabeza, como el mango de una tetera. Tenía el rostro redondo y lleno de arrugas, y los ojos negros y resplandecientes como el botón de un botín. ¡Y qué decir de aquella nariz! Aquella nariz asemejaba no una, sino dos patatas. Llevaba un rancio vestido negro abotonado desde lo alto del cuello hasta lo bajo de los botines de botones. Rancia era también la chaqueta negra que vestía, y rancio era el sombrerete negro que llevaba en la cabeza, todo envuelto en un tocado de temblorosas cuentas de azabache. Lo que más resaltaba del conjunto era aquel moño semejante al mango de una tetera que le sobresalía de la parte trasera de la cabeza. Sujetaba una maletita marrón y un bastón negro tirando a grandote. Una expresión de fiereza marcaba aquel rostro redondo, arrugado y parduzco.

Sin embargo, lo que más llamaba la atención era el diente que le asomaba como una lápida sobre el labio inferior. ¡Jamás, en toda vuestra vida, veréis un diente igual! La señora Brown quedó espantada ante la visión de semejante diente. ¡Sus pobres, queridísimos, amantísimos, inocentísimos angelitos! Sus fuerzas flaquearon y dijo:

—No estoy segura de que..., o sea..., en realidad no sé si necesitamos de sus servicios. —Dicho lo cual, empezó a cerrar la puerta con todos los modales que fue capaz de reunir, pero también con firmeza.

—Por supuesto que los necesitan —dijo la Niñera Matilda, y golpeteó la puerta con el bastón negro.

Quien solía abrir la puerta era Largo; uno podía oír sus pasos, muy dignos, al acercarse a toda prisa a abrir. Sin embargo, en aquella ocasión, antes incluso de que el mayordomo saliese de sus dependencias, el señor y la señora Brown vieron cómo de repente la Niñera Matilda se plantó en el recibidor junto a ellos. La puerta principal se cerró de un portazo, con tal celeridad que incluso dudaron de que jamás hubiese llegado a abrirse.

—Tengo entendido que sus niños son extremadamente traviesos —dijo la Niñera Matilda.

¡Pobre señora Brown!

—No creo que sea..., a buen seguro que..., o sea, quiero decir..., yo no los describiría como traviesos...

—Sí, sí que lo son —dijo el señor Brown.

—Quizá algo pillines. Vivaces. Algo guasones...

—Traviesos —dijo el señor Brown.

Así que el señor y la señora Brown empezaron a sincerarse:

—Es cierto que no se van a la cama cuando deben...

—Ni tampoco se levantan...

—Que no atienden en sus lecciones...

—Que no cierran la puerta ni al entrar ni al salir...

—Que jamás visten con la ropa buena...

—Que más que comer, engullen sin masticar...

—Que no dejan de escaparse —admitió la señora Brown.

—Y nunca dicen «por favor» ni «gracias» —añadieron el señor y la señora Brown a la vez—. Y, por supuesto...

—Con eso ya tengo suficiente para empezar —dijo la Niñera Matilda—. Sus niños me necesitan.

—Bueno, quizá tenga usted razón —convino la señora Brown, no sin ciertas dudas. Volvió a contemplar aquel diente y añadió—: Pero... no quisiera yo herir sus sentimientos, Niñera Matilda, pero, digamos..., ¿y si no la aceptan?

—Cuanto menos me aceptan —dijo la Niñera Matilda—, más me necesitan. Ese es mi método de trabajo. Solo elijo quedarme en una casa cuando los niños no me quieren pero me necesitan. No me marcho hasta el momento en que ya me quieren pero no me necesitan.

Les mostró una sonrisa al señor y la señora Brown. De repente, a ambos les pareció que por un instante la Niñera Matilda no era tan fea como pensaron en un primer momento. La señora Brown creyó incluso atisbar una lagrimilla en aquel brillante ojo semejante al botón de un botín.

—Resulta un tanto triste —dijo la Niñera Matilda—, pero ¡así son las cosas!

Dicho lo cual, le tendió la maletita marrón al señor Brown para que la dejase junto al paragüero del recibidor y, aún con aquel bastón negro en mano, echó a andar hacia las escaleras.

—Sus niños necesitarán siete lecciones —empezó a decir la Niñera Matilda, y enumeró—: Irse a la cama cuando se les dice —dijo, y subió el primer escalón—. No engullir la comida —dijo, y subió el segundo—. Prestar atención en sus lecciones —dijo al subir el tercero—. Levantarse cuando deben —dijo en el cuarto—. Cerrar las puertas cuando entren o salgan, llevar siempre sus mejores ropas y no escaparse —dijo en el quinto, sexto y séptimo escalón respectivamente—. «Por, favor», y, «gracias», ya, les, saldrán, natural, mente —añadió en los siguientes nueve escalones hasta lo alto de las escaleras, una palabra por escalón. Se volvió y contempló al señor y la señora Brown, que seguían de pie en el recibidor, con aire desamparado, y alzaban la mirada hacia ella—. No se preocupen por mí. Ya me iré orientando.

Dicho lo cual, la Niñera Matilda se internó en la primera planta, donde se encontraba el aula.

Capítulo 2

En el mismo momento en que la Niñera Matilda abrió la puerta del aula, los niños habían terminado de cenar y aguardaban la hora de dormir, aunque por supuesto no tenían intención alguna de irse a la cama. Esto es lo que andaban haciendo:

 

 

Francesca había llenado el biberón del Bebé Diminuto con comida de bebé y se la daba de comer a los perros.

El pequeño Quentin había cubierto las paredes con dibujos de flores y estaba regándolos con agua de la tetera grande y marrón de las niñeras.

Antony rellenaba los tinteros de las dependencias de los niños con mermelada roja aguada.

Nicholas había reunido todas las muñecas de los Pequeños y en aquel momento las disponía en fila para que fueran ejecutadas.

Sophie enjabonaba el pelo de Henrietta con cola.

Por su parte, el resto de los niños se dedicaba a hacer todo tipo de cosas igual de horribles.

Cuando entró la Niñera Matilda, ninguno interrumpió en lo más mínimo lo que estaba haciendo.

—Buenas noches, niños —dijo la Niñera Matilda, y dio un golpetazo en el suelo con el bastón negro—. Soy la Niñera Matilda.

No hubo reacción alguna, aunque Christianna les dedicó un guiño significativo a los demás y dijo:

—¡Qué curioso! La puerta se ha abierto pero no ha entrado nadie.

Todos sabían perfectamente que la puerta se había abierto y la Niñera Matilda había entrado.

—Y ahora se ha vuelto a cerrar —dijo Caro—, sin que haya entrado nadie.

—He entrado yo —dijo la Niñera Matilda—. Soy la Niñera Matilda.

—¿Ha hablado alguien? —dijo Jaci con fingida sorpresa.

—Yo no he oído nada —dijo Almond.

—Yo tamoco —dijo la pequeña Sarah.

¡Go gangoco! ¡Go gangoco! —dijo alegremente el Bebé. Aquel era el idioma que hablaba el Bebé; un idioma enteramente de su invención.

—Está bien, escuchad todos con atención —dijo la Niñera Matilda—, a ver si oís esto. Quiero que paréis de inmediato, dejéis lo que estáis haciendo y os vayáis a la cama.

Todos continuaron con lo que estaban haciendo. Francesca siguió alimentando a los perros salchicha, Quentin siguió regando los muros, Antony siguió echando mermelada en los tinteros...

La Niñera Matilda les dedicó una mirada en silencio con aquellos ojillos negros y relucientes. A continuación, volvió a dar un golpe en el suelo con el bastón.

Poco después, la mermelada desbordó el tintero que Antony llenaba en aquel momento y se le derramó por las manos. Se la limpió a lametazos y volvió a verter más mermelada, con lo cual volvió a desbordarse. Antony se la limpió a lametazos una y otra vez. No tardó mucho en sentir dolor de estómago. Qué tontería, pensó. ¿Por qué no puedo parar de verter mermelada en el tintero? Pero no, no podía parar: por más que lo intentaba, no alcanzaba a detenerse. La mermelada volvía a desbordar el tintero y Antony volvía a lamerse las manos para limpiársela. No tardó mucho en encontrarse francamente mal. Le lanzó a Nicholas una mirada de puro desaliento.

Nicholas, por su parte, había ejecutado a las muñecas. Todas yacían decapitadas y dispuestas en una larga fila. Ahora Nicholas andaba en busca de nuevas víctimas: ositos de felpa, muñecotes de trapo, todo tipo de animalitos de peluche. Los Pequeños, horrorizados hasta el tuétano por la masacre que se había llevado a cabo con sus preciados juguetes, empezaron a llorar sin consuelo. Se abrazaban las rodillas y se tironeaban de los cabellos de pura ansiedad. Sin embargo, Nicholas seguía alineando aquellas pequeñas criaturillas y, chop, chop, chop, les arrancaba las cabezas de cuajo. Incluso su preciado ejército de soldados de latón estaba ahora colocado en fila y aguardaban la muerte con marcial estoicismo.

Francesca, por su parte, seguía introduciendo comida de bebé en la garganta de los perros, venga comida adentro, venga zampar, venga comida adentro, venga a atiborrar. Los perros estaban de comida hasta la campanilla. Ya no les apetecía seguir comiendo y habían empezado a lanzar preocupantes gruñidos. Francesca estaba asustada; jamás había visto gruñir a Azúcar y Pimienta. Hasta los perros parecían sorprendidos, porque de hecho jamás gruñían. Sin embargo, Francesca seguía dándoles comida de bebé cada vez que abrían el hocico para intentar gruñir.

Quentin seguía echando té por las paredes. La tetera parecía inagotable. El nivel de té en el suelo alcanzaba ya un par de pulgadas. Todos tenían los pies mojados. Sophie y Hetty estaban pegadas como si fuesen hermanas siamesas. Intentaban separarse con todas sus fuerzas, pero Sophie no podía dejar de echarle cola en la cabeza a Hetty. Ambas lloraban de pura rabia y rencor. A esas alturas, todo el que no estuviese ejecutando juguetes, lamiendo mermelada o enjabonando cabellos, es decir, todo el que no estuviese ocupado con otros menesteres, paseaba por el aula con los pies empapados de agua parduzca de la tetera y le pedía a Quentin que parase de una vez. Pero el hecho es que Quentin no era capaz de parar, como tampoco lo eran Francesca, Antony, Nicholas o Sophie...

Y, sin embargo, no había cosa en el mundo que quisieran más en aquel momento que detenerse. Es solo que no podían. En fin, tampoco tenían muchas ganas de ceder, pero digamos que acabaron diciendo, con cierto enojo y de mala gana:

—Ay, paremos esto y vayámonos a la cama.

—Decid «por favor» —dijo la Niñera Matilda.

—Nosotros nunca decimos «por favor» —dijeron los niños.

—En ese caso, no os iréis a la cama nunca —dijo la Niñera Matilda.

—Ay, está bien: «Por favor» —dijeron los niños.

Gog gagog —dijo el Bebé en aquel idioma de su invención.

La Niñera Matilda los miró a todos y esbozó una sonrisilla. Fue muy extraño, porque, por un momento, aquella cara redonda y fiera de resplandecientes ojillos negros y una nariz como dos patatas, bueno, no pareció tan fiera. De hecho, excepto por el diente, ni siquiera pareció tan fea.

Acto seguido, dio un súbito golpe en el suelo con el bastón. De pronto, el suelo empezó a secarse y todo el té, glop, glop, glop, regresó a la tetera. Todos los frascos de comida de bebé estaban de pronto vacíos, cosa que hasta aquel instante no había sido así, y del biberón dejó de brotar comida directamente a la garganta de los perros. Los dos animales se sacudieron con energía, libres ya de gruñidos, y echaron a correr, no sin cierta hambre, para devorar sus cenas de siempre, que los aguardaban en los cuencos que descansaban en un rincón de las habitaciones de los niños. Nicholas dejó de ejecutar muñecas, y las cabezas volaron por los aires hasta colocarse de nuevo en sus cuellos, ping, ping, ping, ping. Sophie y Hetty se separaron con un sonido húmedo; la cola formó pequeños regueros que fluyeron hacia los juguetes y les pegaron las cabezas de nuevo...

La Niñera Matilda dio un nuevo golpecito con el bastón. Al acabar este segundo golpecito, o al menos esa fue la impresión que les dio a los niños, cada uno de ellos estaba ya sentado en su cama, acogedora y calentita, todos limpios y aseados, manos y caras lavadas, dientes cepillados, cabellos peinados y oraciones dichas. Ninguno de ellos tenía la menor idea de cuándo había sucedido todo aquello.

La Niñera Matilda bajó en silencio las escaleras e informó al señor y la señora Brown:

—Lección uno.

Capítulo 3

A la mañana siguiente, antes del desayuno, la Niñera Matilda mandó a los niños a dar un paseo por el jardín para que disfrutaran de un poco de aire saludable y fresco. Cuando volvió a llamarlos, esto es lo que estaban haciendo:

David había arrancado los mejores calabacines del jardinero y los había metido en las cochiqueras. La cerda más viejita de la cochiquera sufrió un ataque de nervios, porque pensó que de pronto había tenido ocho bebés nuevos a los que ahora le tocaba cuidar.

Stephanie se había fabricado una nariz con dos patatas y fingía ser la Niñera Matilda.

Toni había convencido a los Pequeños de que eran patitos, y estos se sentaban en medio del césped enfangado cerca del estanque mientras intentaban con todo su empeño poner huevos.

El Bebé se había ido a gatas hasta la puerta principal. Sostenía la vieja tetera de las niñeras a través de la reja y les gritaba a los viandantes: «¡Gaggos gaga eg guingo Guegué!».

Por su parte, el resto de los niños se dedicaba a hacer todo tipo de cosas igual de horribles.

La Niñera Matilda se asomó a la ventana del comedor e hizo sonar una campana de buen tamaño. Ninguno de los niños dio muestras de haberla oído. David añadió un calabacín más a la familia de la cerda viejita, que no se dio ni cuenta. Stephanie se puso a golpetear en el aire con un palo alargado (aunque hay que admitir que lo hizo de espaldas a la auténtica Niñera Matilda). Toni azuzó a los Pequeños para que se emplearan a fondo en poner esos huevos. Y entonces, de repente..., una especie de sensación extraña empezó a adueñarse de los niños..., lo cual suponía que, de nuevo, por más que quisieran detenerse, ¡no iban a poder hacerlo! Así pues, antes de que eso sucediera, todos dejaron lo que estaban haciendo mientras aún podían y enfilaron a toda prisa a la mesa del desayuno.

Poco después, la Niñera Matilda dijo:

—No hay ninguna necesidad de engullir la comida.

Por supuesto que engullían la comida. Adoraban engullirla. Les gustaba que las gachas estuvieran tan densas que formasen pequeñas islas flotantes en sus cuencos de leche. Les encantaba escribir sus nombres cada uno en su pequeña isla de gachas con el hilillo de melaza que goteaba de las cucharas. Y les pirraban los huevos pasados por agua; sobre todo darles la vuelta en las hueveras una vez que habían acabado de comérselos, para que así pareciera que estaban enteros. Les gustaban sus tazones de leche o de té, y sus panecillos caseros con mantequilla y mermelada. Así que por supuesto que se pusieron a engullir la comida. Se escamoteaban pan y mantequilla unos a otros en sus propias narices, rebañaban los restos de mermelada sin prestar atención a si alguien más quería un poco, sacudían sus tazones para que se los rellenasen sin siquiera un «por favor» o un «gracias».

La Niñera Matilda se sentó en la cabecera de la mesa, bastón negro en mano.

Para adentro con las gachas, para adentro con los huevos, para adentro con los panecillos, la mantequilla, la mermelada...

Más panecillos y mantequilla y mermelada.

Más panecillos y mantequilla y mermelada.

Más panecillos y mantequilla y mermelada, panecillos, mantequilla, mermelada, MÁS, MÁS y MÁS panecillos, mantequilla y mermelada...

—¡Está bien, está bien! —dijeron los niños con la boca llena—, ¡basta! —Aunque en realidad tenían las bocas tan tan llenas que aquello sonó más bien como «¡buhfuh!».

La Niñera Matilda les dedicó una mirada de educada confusión y dijo:

—¿Qué habéis dicho, que queréis más gachas?

Los niños contemplaron horrorizados cómo aparecía un nuevo cuenco de gachas, que flotaban temblorosas en medio de un mar de leche y dejaban una estela dorada. Echaron mano de las cucharas y adentro que fueron las gachas, adentro, adentro, a atiborrarse, a atiborrarse. Y luego más panecillos con mantequilla. De pronto todas aquellas cáscaras de huevo a las que habían dado la vuelta eran huevos llenos y enteros. Las cucharillas de comer huevo se movieron como centellas y adentro que fueron más cucharadas de huevo mezcladas con gachas, y luego más panecillos con mantequilla y mermelada... y luego el cuenco de gachas se llenó de nuevo...

Los niños resoplaron y jadearon, las mejillas abultadas, los ojos desorbitados. Sentían que en cualquier momento se hincharían tanto que estallarían. Intentaban suplicar misericordia; e incluso habrían dicho «por favor» si se les llega a ocurrir. De buena gana habrían hecho cualquier cosa, lo que fuera, si hubieran sido capaces de dejar de comer. Pero no podían, al menos hasta que por fin tuvieron una idea brillante. Cuando las gachas volvieron a aparecer, pusieron todas sus fuerzas en usar sus manos derechas para escribir con un rastro de melaza sobre las islas de gachas: «¡BASTA!».

La Niñera Matilda echó una mirada a los cuencos de gachas.

—Decid «por favor» —dijo.

Los niños tuvieron que tragar toda la ronda de huevos y panecillos con mantequilla hasta que las gachas volvieron a aparecer. Entonces pudieron escribir: «¡POR FAVOR!».

La Niñera Matilda sonrió (ahora en serio, ¿de veras era tan fea como les había parecido la noche anterior?). Dio un golpe en el suelo con el bastón negro y de pronto los niños se encontraron de pie, tan tranquilos junto a las sillas del comedor, a punto de decir sus oraciones antes del desayuno.

La Niñera Matilda fue en busca del señor y la señora Brown, que tomaban a su vez el desayuno en el comedor principal.

—Lección dos —les dijo.

Capítulo 4

Cuando la Niñera Matilda subió al aula para empezar las primeras clases de la mañana, encontró a los niños sentados alrededor de la enorme mesa, la mar de tranquilos y obedientes. La Niñera Matilda tomó asiento y los observó a todos con calma. Dijo:

—¿Cómo es que Sophie y Hetty llevan puestos sus sombreros?

—No se acostumbran a tener tan poco pelo —dijo Simon—. Les da vergüenza que se vean esas orejas tan largas que tienen. —Después añadió—: Resulta de lo más extraño, pero parece que se han convertido en perros salchicha.

—Y nosotros dos nos hemos convertido en niñas —dijeron los gruñidos desde debajo de la mesa.

La Niñera Matilda levantó una de las esquinas del mantel rojo con borlones que cubría la mesa. Allí abajo, acurrucados en el suelo, estaban los perros salchicha, quienes, por cierto, sí que guardaban un gran parecido con aquellas dos niñas embutidas en vestidos de color castaño. Luego echó un vistazo bajo el ala de aquellos sombreros redondos de fieltro gris y se encontró con dos pares de carrillos largos y dorados, dos hocicos húmedos y dos pares de ojillos brillantes y un poco sorprendidos. Así pues, la Niñera Matilda dio un golpecito de bastón y, de pronto, se oyeron dos ladridos cortos y agudos bajo la mesa.

—Vaya por Dios, creo que hay que sacar a los perros —dijo.

La Niñera Matilda se agachó, las agarró por el cogote de los vestidos y las llevó a la puerta. De ahí las arrastró escaleras abajo hasta el jardín. Las dejó fuera con un empujoncito y les cerró la puerta en los morros. Por más que las dos niñas intentaron decir que no eran perros salchicha, que solo estaban fingiendo y que en realidad eran Sophie y Hetty, lo único que les salió fue una sarta de gruñidos y gimoteos lastimeros.

La Niñera Matilda regresó al aula y dijo:

—Vamos a empezar con aritmética.

—Umps, rumps —dijeron los niños, listos para la lección.

—¿Qué habéis dicho?

—Ah, ¿no lo sabe usted? —dijo Tora—. Es idioma trabalingüés. Hace tiempo tuvimos una institutriz trabalingüesa, y me temo que desde entonces no somos capaces de hacer aritmética en ningún otro idioma. —A continuación, repitió lo mismo en trabalingüés, que por cierto era un idioma que solo conocían los niños de la familia Brown—: Humps umps tuvumps umps unstututrumps trubulungumps, y mumps umps que dusdumps enumps no sumps cupumps dumps humps uturmutumps en nungumps utrumps udumps.

—Ya veo —dijo la Niñera Matilda. Pasó la página y preguntó en perfecto trabalingüés, aunque bastante más rápido de lo que cualquiera de ellos era capaz—: Está bien, ¿cunumps uns sutumtutrumps duvududumps untrumps nuuvumps?

Roger intentó decir:

—Setenta y tres dividido entre nueve es ocho y me llevo tres. —En realidad lo que respondió fue—: Uchumps umps mumps lluvumps trumps.

—No —dijo la Niñera Matilda, y se volvió hacia aquellos dos hocicos tostados bajo los sombreros redondos de fieltro.

—Ocho y me llevo una —ladraron al unísono dos vocecillas, y dos pares de ojillos chispeantes se asomaron bajo las alas de los sombreros con una mirada cándida.

—Correcto. A los demás no os vendría mal dar un repaso a las tablas. Veamos, uno por uno... —empezó la Niñera Matilda, y al instante exclamó—: ¡A sentarse bien!

Los niños siguieron repantigados en sus sillas sin decir una palabra, ni siquiera «umps pumps umps». Sin embargo, los asaltaron las dudas. En su interior, unas vocecillas susurraban: «¿De verdad es una buena idea...?». Y, por supuesto, mientras estaban ahí repantigados, los respaldos de sus sillas, aquellas queridas y familiares sillas del aula en las que se habían repantigado durante todas las lecciones en las que habían atosigado a las pobres institutrices hasta aquel momento, aquellos mismos respaldos se volvieron rígidos y demasiado altos. Los respaldos les dieron golpecitos en la espalda, y de los asientos surgieron pequeñas astillas que se les empezaron a clavar si osaban moverse. Si se les ocurría echarse hacia atrás aunque fuese un poco, la silla entera volcaba con estrépito y acababan en el suelo. Así que ¡no les quedó más remedio que quedarse ahí, quietos! Para cuando llegó la hora de la pausa matutina, todos y cada uno de ellos estaban sentados derechos, excepto aquellos que acababan de caer con la espalda en el suelo y los pies en el aire.

Cuando llegó el momento del cacao y las pastas de las once, la Niñera Matilda se tomó el suyo con la señora Brown en sus aposentos. Los de la señora Brown.

—¿Qué tal van los niños? —preguntó la señora Brown.

—Creo que hemos conseguido que aprendan la lección tres —dijo la Niñera Matilda con una sonrisa.

Cuando se hubo marchado de vuelta al aula, la señora Brown le dijo al señor Brown:

—¿Sabes? Cuando sonríe, casi parece hermosa. Excepto, por supuesto —añadió—, por ese horrible diente.