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© Universidad Nacional de Colombia - Sede Caribe

© Vicerrectoría de Investigación

Editorial Universidad Nacional de Colombia

© Hazel Robinson Abrahams

Primera edición, febrero de 2019

20 años de presencia - Sede Caribe

ISBN 978-958-783-657-8 (papel)

ISBN 978-958-783-658-5 (digital)

Edición

Editorial Universidad Nacional de Colombia

direditorial@unal.edu.co

www.editorial.unal.edu.co

Coordinación editorial

Julián Naranjo Guevara

Corrección de estilo

Felipe Urrego

Diseño de la colección

Leonardo Fernández Suárez

Diagramación

Ángela Pilone Herrera

Imagen de cubierta

Angie Rodríguez Muñoz

Conversión a ePub

Mákina Editorial

https://makinaeditorial.com/

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales

Impreso y hecho en Bogotá, D.C., Colombia

Catalogación en la publicación Universidad Nacional de Colombia

Robinson Abrahams, Hazel, 1935-

Si je puis = I will, if I can / Hazel Robinson Abrahams. -- Primera edición. -- Bogotá : Universidad Nacional de Colombia. Vicerrectoría de Investigación. Editorial ; San Andrés : Universidad Nacional de Colombia (Sede Caribe), 2020.

CD-ROM : ilustraciones en blanco y negro, fotografías.

ISBN 978-958-783-658-5 (e-pub).

1. Novela histórica colombiana -- Siglo XX 2. Esclavitud en la literatura 3. Raizal 4. Creole 5. Lengua criolla 6. Negros en la literatura 7. Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina (Colombia) -- Novela histórica. I. Título.

CDD-23863.8644 / 2020

A dos esclavos nativos
y su generación, quienes, por el
color de su piel y la moral
cristiana de la época, fueron
desviados del rumbo de la
historia de las islas.

Contenido

Exordio histórico

Preludio a la libertad de los esclavos de Palmetto Valley (Bottom House) en 1838

Capítulo I

La llegada

Capítulo II

Una noticia de doble filo

Capítulo III

Promise of good news

Capítulo IV

El precio de la libertad

Capítulo V

Dayana Rock Hole

Capítulo VI

Palmetto Grove o Bottom House

Capítulo VII

El monopolio de la tierra

Capítulo VIII

Una falta imperdonable

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Exordio histórico

En el siglo XIX, la población joven de las islas de San Andrés y Providencia era descendiente de exesclavos que solo habían tenido el privilegio de recibir una educación elemental básica, lo que tal vez podría justificar la falta de documentación escrita sobre los acontecimientos de la época. Sin embargo, existe una tradición oral con la que se transmiten diversos cuentos que dejan a la imaginación del lector la decisión sobre la veracidad o la fantasía de los relatos.

Preludio a la libertad de los esclavos de Palmetto Valley (Bottom House) en 1838

Se conoce la razón y el significado del nombre, pero es increíble que a la comunidad del lugar de donde han salido los providencianos más prominentes de los siglos XX y XXI no le importara exigir el nombre original.

Capítulo

I

La llegada

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Eran más de las ocho de la mañana de un lunes de septiembre que presagiaba lluvia, pero el sol del amanecer se encargó de apartar las nubes de agua para elevarse lentamente tras las montañas, dispuesto a iluminar la bahía de Santa Catalina (Town), el puerto principal con sus diez casas blancas de madera y techo rojo y sus patios que habían florecido con las últimas lluvias. No se dudaba del despertar del vecindario al escuchar las ventanas de madera que dejaban su oficio protector y se golpeaban contra las paredes de las casas en el afán de asegurarlas contra el viento.

Seis vacas y el toro de massa Tim pasaban con su calculado caminar, obstaculizando la corriente que buscaba paso entre las piedras volcánicas sembradas en el estrecho de agua que separaba las dos islas. Los dos esclavos negros descansaron los remos en el catboat y bajaron al mar, donde el agua les llegaba hasta las rodillas, luego caminaron a la popa y empujaron el bote hasta sentir que la quilla se arrastraba segura en la arena de la ribera. Y, aunque tanto John Boy como el aparente amo lo sintieron, esperaron el grito de confirmación de “hard and fast!” antes de saltar a tierra.

Era blanco el hombre al que acompañaban los dos esclavos, quienes recibieron la carga de la goleta, la acomodaron en el catboat y luego remaron hasta la playa. John Boy se dio cuenta de que este hombre estaba al tanto de las costumbres de la isla y del puerto, pero no recordaba haberlo visto antes. Miraba al joven blanco de ojos azules, cuerpo atlético y manos carentes de callos. Se había limitado a confirmarle al capitán que lo llevaría a tierra, aunque no se lo presentaron —a propósito— y él tampoco preguntó quién era ni la razón de su llegada a la isla.

John Boy sintió la necesidad de presentarse, pero decidió obedecer al capitán. A Adrián no le incomodó la falta, él sabía que antes de acostarse a dormir le informarían, sin él averiguarlo, todo lo que le podía interesar respecto al joven, hasta sus intenciones, aun cuando no las hubiese comunicado.

Los habitantes de la isla jamás permitían que el sol les diera el adiós del día sin saber que no había novedad entre ellos o sin compartirla, si la había. De allí la costumbre de tener entre el personal a una mujer con voz aguda que diera la nota de lamento repetida alrededor de la isla, si había algo que informar. Adrián llevaba poco tiempo de haberse trasladado de San Andrés, pero ya se había dado cuenta de que muchas costumbres en esta isla eran iguales a las de la otra.

Una vez asegurado el bote en la arena, los dos saltaron a la parte más seca de la playa, alfombrada de algas marinas que la marea alta había depositado por la noche. John Boy miró a su alrededor y pensó: “Town, isla de Providencia”, gracias a Dios había llegado. Hacía diez años que no pisaba esta tierra, así que fue agradable volver a sentirla. Creyó experimentar un sentimiento de regreso a lo propio, pero también cierta nostalgia. No estarían sus padres para la bienvenida.

Le dio las gracias al hombre blanco del bote, a quien siguió sin reconocer, y se limitó a mirar a los dos esclavos sin decirles nada, pese a que sí los recordaba. Tanto él como ellos respetaron una reconocida costumbre en la isla: “los niños, como los esclavos, deben ser vistos mas no escuchados”. Diez años habían pasado, pero según parecía, todo seguía igual. Tampoco se ofreció a ayudarles a bajar los sacos, cajas y botellones que habían recibido de la goleta.

Se quedó un rato parado, como indeciso a tomar el camino hacia su meta. Estaba acostumbrado al mar, pero la travesía en una embarcación tan pequeña no solamente había sido larga e incómoda, sino que, además, en algunos momentos la había sentido peligrosa. Cuando se sintió menos mareado, principalmente por hambre y no por el trajín del viaje, volteó la cabeza hacia los dos negros y el amo, les dio las gracias y tomó el camino hacia la iglesia.

John Boy fue oficial desde los diecisiete años en un barco inglés, pero su madre le advirtió que en este viaje a la isla no tendría las comodidades acostumbradas, que no tendría camarote. Como él era el único pasajero, los dueños de la goleta aprovecharon para almacenar carga en la cabina de pasajeros. En el forecastle, o también hutch (castillo de proa), donde los marineros se turnaban para ocupar los camarotes, no cabía un alma más, así que él y el capitán tuvieron que limitarse a dormir en el techo de la cabina o en la cocina, si llovía. No se preocupó, eso más bien le recordó a su madre, que diez años atrás había viajado en esta goleta.

Decidido y con pasos seguros siguió el camino hacia la iglesia, cuya torre con la cruz se veía casi desde el mismo momento en que alguien gritaba “land ahoy!” (tierra a la vista). Los protestantes no acostumbraban colocar cruces en la torre o en el campanario de sus templos, como los católicos, pero sabían que los marineros buscaban esta señal después de un largo viaje y adoptaron la costumbre.

Tenía en su seabag, que llevaba en el hombro, una carta para el pastor Jacob Hudson y sentía un inmenso placer de poderla entregar. Recordó que a los diez años había dejado a sus padres aquí para irse a vivir con un tío y estudiar en Jamaica, y que diez años después llegaría para encontrar, al parecer, todo igual. Las mismas casas, el mismo olor de las algas secas. Para completar, de alguna casa salía un aroma inconfundible: alguien ya había iniciado la tarea de ablandar frijoles para el almuerzo.